Alberto “Tito” Suárez: el herrero que forjó el gran Festival

Con un pie en la silla, Suárez fue retratado acompañando a Los Indios Tacunau en una de las primeras ediciones de la gran peña

Mañana será víspera de Reyes, igual que el 5 de enero de 1968, en el que se inauguró el primer Festival Nacional de Peñas Folclóricas, con un Anfiteatro de piso de tierra y sillas de lata. De entre sus creadores, un nombre resalta como síntesis de una época pionera

Escribe Juan Carlos Seia
DE NUESTRA REDACCION

Mañana se cumplirán 50 años exactos de la primera velada del Festival Nacional de Peñas Folclóricas. Fue el 5 de enero de 1968 que cobró vida la ilusión de varios villamarienses amantes de la música nativa, que se reunían periódicamente en la peña Talamuchita.

Y entre aquellos soñadores de la década del sesenta, uno se ha transformado en el emblema: Alberto Suárez para la libreta de enrolamiento, y Tito para sus numerosos amigos.

Mucho ha contribuido para la leyenda la letra de la zamba Para Villa María, donde Otero Wilson lo nombrara expresamente. Y la canción no hace más que justicia con aquel herrero que puso su fragua a disposición del arte nacional.

Su casa de calle Rivadavia recibió la visita de incontables nombres famosos, que no solo recalaban allí para enero, sino cada vez que pasaban por la ciudad.

El primero fue Eduardo Falú, a quien conoció siendo Suárez integrante de Los Arrieros.

A la mesa familiar, a lo largo de muchos años, se sentaron artistas de la talla de Horacio Guarany, Jorge Cafrune, Los Trovadores, Los Quilla Huasi, Jovita Díaz o Los Indios Tacunau. Era tradición que actuaran a la noche en el Anfiteatro, y al mediodía siguiente compartieran el asado en lo de Tito.

Había nacido en Villa María en 1928, y desde muy pequeño pulsó la guitarra, contra la voluntad de su padre: para evitar que lo oyera, se refugiaba en su cuarto a ensayar, y ponía un pañuelo entre las cuerdas para atenuar la intensidad del sonido.

Desde aquellos tempranos días, don Alberto Suárez no dejó un solo día de acariciar las seis cuerdas. Cuando cerraba su taller, se lavaba las manos y comenzaba su ritual con la guitarra. Hasta llegó a componer algunas zambas, que nunca estrenó en público.

Enamorado de los cuecas, no se perdía festivales de Mendoza y San Luis, donde cultivó la amistad de muchos cuyanos y de artistas de todos los lares.

Así fue que en los comienzos del festival peñero, Suárez quedó encargado de las contrataciones de artistas, así como de ordenar en cada velada la entrada de aquellos al escenario.

Con el correr de las décadas, la fiesta criolla a orillas del río que soñó cambió de estilo, y entonces solo fue espectador de algunas noches. “Han renegado de la esencia del Festival, esto no fue lo que creamos”, decía con cierta amargura.

El emblemático folclorista había declarado a la prensa en 1967, en ocasión de cumplir nuestra ciudad sus primeros cien años que el Festival “será un verdadero impacto en Villa María porque se lo proyecta para que sea y tenga carácter de verdadero Festival, no solamente en lo artístico sino porque ya se ha creado en el ambiente la emoción y el entusiasmo de algo que se perfila hacia lo que significa un gran acontecimiento nacional, y el monumental Anfiteatro será testigo reverente de vertientes cantoras y guitarreras que llegarán a Villa María para saludarla en su centenario”.

Los protagonistas de los nuevos tiempos fueron otros, y haciendo gala de pragmatismo, le sumaron otros géneros músicales, una infraestructura mayor, y lo convirtieron en una sólida atracción turística. Al precio, claro, de dejar afuera a las delegaciones de peñas de otras provincias y de priorizar a los números más festivos del momento.

El folclore no fue su única labor pública, ya que demostrando un fuerte interés por la vida social, presidió el Club Central Argentino, el Tiro Federal, y participó del Villa María Golf Club.

A los 79 años, falleció el 4 de diciembre de 2007. Un paseo junto al Anfiteatro que ayudó a construir lleva su nombre, al igual que una de las salas de la Agrupación Folclórica Villa María.

Un libro del historiador Rubén Rüedi evoca los inicios de la fiesta mayor de la ciudad, a partir de largas charlas con Tito Suárez. “Se trató de una iniciativa comunitaria -señala Rüedi- que no tuvo apoyo estatal. La comisión que formó ad hoc para aquella ocasión juntó los fondos de los vecinos y de empresas que apoyaron la causa. Cuando se terminaron las obras, la comisión entregó el Anfiteatro al municipio para que se utilizara para eventos, como el Festival. Aquellos hombres se reunieron más allá de sus banderías e ideologías políticas”.

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