Andalucía auténtica

Relegada del circuito turístico por el sur peninsular, la ciudad ostenta sin embargo un perfil bellísimo, mezcla de herencia nazarí y castellana. El colorido que brinda su gente, amante del flamenco y del vivir

Escribe: Pepo Garay
ESPECIAL PARA EL DIARIO

Flamenco y alegrías. Vinito del bueno y caballos hermosos. Sol y arquitectura que mezcla lo nazarí con lo castellano. España, en fin, es lo que convida Jerez de la Frontera. Una preciosa ciudad de calles empedradas que en el tamaño no pasa de ser una Villa María duplicada, y que en el suroeste peninsular corporiza una joya curiosamente poco explorada.

Curioso, sí, porque el mayor municipio de la provincia de Cádiz poco tiene que envidiarle a otras urbes europeas de cartel. Más bien lo contrario: aquellas deberían estar celosas de Jerez. Y es que el color y el calor humano que late en la localidad andaluza no existen en el norte español ni en Francia ni en Alemania ni en Holanda, y así podríamos seguir con los etcéteras.

 

De íconos y paisanos

Aquello lo percibe el viajero rapidito, cuando se sienta a la sombra de los naranjos, de espaldas al bellísimo Alcázar (levantada en el Siglo XII por la dinastía almohade, la fortaleza ubicada en pleno casco histórico es “el” ícono jerezano), y un lugareño le cuenta un no sé qué de un qué sé yo. Algo de fútbol, algo de la familia (que tampoco se le entiende mucho, con ese acento divino y las palabras atolondradas), como si fueran amigos de toda la vida, como si el tener vergüenza no existiera en el mundo.

Así son los andaluces en general, y los jerezanos en particular, ¿será el clima, el astro que ilumina los pagos casi siempre?, acaso. Lo cierto es que esos esplendores no sólo habitan en la gente, en los bares donde las barras de amigos se pasan mañanas, siestas, tardes, noches y madrugadas, si no también en los edificios históricos, que son cantidad.

Por hablar de algunos, citaremos a la Cartuja de Santa María de la Defensión (nacida en 1474), a la Catedral (gótica y del Siglo XVI) , la iglesia de San Miguel (Siglo XV, y aquí paramos con los templos, aclarando que hay a montones), el antiguo Ayuntamiento y el Cabildo (emblemas renacentistas), el Palacio de Bertemati y el Palacio de la Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre (la afirmación del prólogo se certifica gracias las exhibiciones de caballos que se realizan en el lugar). También, habrá que nombrar las esplendidas murallas de cuna andalusí que coquetean con la parte vieja, y sus cuatro puertas insignes: la Real, la de Sevilla, la de Rota y la de Santiago.

En la caminata por el centro, de arboledas y tranquilidad, la costumbre es tocar las plazas, que son muchas y muy lindas, muy abiertas, muy de movimiento, muy de palmeras, muy de mesitas de metal en las “terrazas” (la traducción al argentino podría ser “patios cerveceros”) de los bares.

En ese sentido, destacan la Plaza del Arenal y de la Asunción (vecina al edificio del Ayuntamiento), e incluso la del Mercado y la de las Angustias. Otras, menos conocidas, se reparten en arrabaleros vecindarios linderos al centro, como los tradicionales Santiago y San Miguel.


Noche de “Tablao”

En barrios como estos es donde se respira la verdadera esencia y el carácter de Jerez, el del duende y el flamenco. Son varias las academias de cante y baile que pululan entre las cuadras, y donde estudiantes de mil mundos (sorprende la cantidad de japoneses) practican inspirados por figuras locales de la talla de Lola Flores o José Mercé. Los “tablaos”, de noche, brindan el espectáculo, el talento de cantaores y bailaores, en un contexto cero turístico, y decididamente auténtico.

“Mozo, para mí un vinito y un brandy, los dos de Jerez”, dirá el viajero, y el aludido asentirá con una sonrisa, e irá en búsqueda de los productos hechos en bodegas de la zona (también se pueden visitar). Para cuando vuelva, la luna ya estará invadida de taconazos en la madera, y palmas, y lamentos, y España.

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