Blues para un gigante abandonado

“...Sin embargo, ningún paciente volverá jamás”, dice el autor

En nuestra edición de ayer se expresaron los comerciantes que trabajan en las inmediaciones, quienes sienten que el traslado del centro de salud los ha “castigado”. Hoy hacemos lugar a la mirada de un poeta que pasaba por ahí

“...Sin embargo, ningún paciente volverá jamás”, dice el autor
“…Sin embargo, ningún paciente volverá jamás”, dice el autor

La sensación que se tiene frente al viejo Hospital Pasteur una mañana de lluvia es la tristeza de estar ante un hotel abandonado o ante un chalé que no se alquila por maldito. Con su hall como un depósito de butacas que juntan polvo, sus ventanales agrietados a pedradas y su claraboya filtrando la sucia luz de una lucerna enferma, el edificio parece, efectivamente, haber sido evacuado hace años por la peste. Como si sus habitantes hubieran tenido que salir de urgencia y sus puertas se hubieran clausurado para siempre en alguna tarde del pasado (aunque ese pasado fue hace apenas unos meses).

Adentro, en lo que fueran las viejas habitaciones, aún pueden verse botellas de agua mineral con su vaso y las camas con sus sábanas revueltas. Como si los pacientes hubieran ido al baño y estuvieran a punto de volver de un momento a otro (a esto me lo contó el doctor Eric Zandrino en una entrevista reciente). Sin embargo, ningún paciente volverá jamás. Y quizás sean, precisamente, esas habitaciones intactas o los largos pasillos que aún guardan el eco de oxidadas camillas, los que conspiren contra la sugestiva imaginación de muchos que, trabajando en el horario nocturno, dicen escuchar voces extrañas (en una de sus alas aún funciona la Morgue Judicial y una lavandería). Otros dicen ver, en plena noche, el flash repentino de fantasmales figuras que aparecen y desaparecen en los corredores y una mujer que, puntualmente, se tira del techo y se la ve en caída libre por una de las ventanas (a estas “singularidades de la percepción” me las contó un especialista en fenómenos paranormales, el profesor Luis Luján, quien según me informara tuvo la oportunidad de entrevistarse con algunos de los trabajadores anteriormente citados).

p10-f2 PasteurSin embargo, ante el fabuloso techo de tejas llovidas y las ventanas clausuradas como ojos cegados a pedradas, mi sensación no es la de estar ante un lugar encantado, sino ante un palacio de angustioso vacío. Y acaso tuviera razón Edgar Allan Poe cuando en “La caída de la casa Usher” escribió que “hay determinadas combinaciones de objetos que tienen el poder de producirnos un repentino abatimiento, un malestar del corazón, una irremediable tristeza”; pero (y a esto lo agrego yo mismo) también un fascinante impacto estético, la certeza inigualable de estar contemplando “lo bello”.

Estaba yo cámara en mano, divagando sobre estas cuestiones filosóficas, cuando un policía salió del edificio y vino directo a mí. Tras hacerme las preguntas de rigor (quién era yo, por qué sacaba fotos, si pertenecía a algún medio), le di todas las explicaciones del caso. No se convenció demasiado hasta que le cité al doctor Zandrino. “Un grande, el Eric”, me dijo. Y tras esa contraseña, empezamos a charlar amistosamente. “Coincido con vos, gringo, este edificio es uno de los más hermosos de la ciudad -me dijo-. Hace más de 10 años que hago adicionales acá y uno se termina encariñando”. Le pregunté qué sensación tenía al verlo desmantelado. “De muchísima tristeza. Este edificio era un lugar muy vivo. Y te da pena verlo tan vacío”. ¿Qué habría que poner? “Algo relacionado con la salud. Acá hay una barriada muy grande que necesita de primeros auxilios. Y no es lo mismo irte hasta la ruta o a la Asistencia. He estado noches enteras de guardia y venía gente con dolor de muelas. Le inyectaban una dorixina con una dexa y listo. ¿Adónde va a ir esa gente a las 3 de la mañana? ¿A la otra punta de la ciudad?”.

Dejo para el final mi pregunta “paranormal”: ¿qué hay de los gritos que dicen escucharse? ¿Es cierto que algunos que trabajan de noche vieron fantasmas? “Eso queda en la creencia de cada uno. La verdad es que yo no creo mucho, pero al ser un edificio tan viejo, te da qué pensar… También es cierto que este lugar no es precisamente santo… Acá han pasado muchas cosas feas, gente que se ha muerto en un accidente o mamás que han perdido a sus hijos. Y encima todavía funciona la morgue donde se hacen las autopsias. O sea que el folclore de este edificio es más bien oscuro. Y quizás algo de todas esas desgracias se haya quedado pegado a las paredes…”.

Ha empezado a llover y un hombre llama a mi entrevistado desde un quiosco. “Me tengo que ir, gringo… Escribí una linda nota”. “Voy a hacer lo posible”, le digo. Y mi última foto capta los ventanales del hospital; esa sucesión de ojos partidos que se han vuelto como llorosos apenas comenzado el diluvio.

 

Iván Wielikosielek

 

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