El Día del Deporte Argentino

El villamariense Mauro Rosales 11 años después. Figura argentinas en los Juegos Olímpicos de 2004
El villamariense Mauro Rosales 11 años después. Figura argentinas en los Juegos Olímpicos de 2004
El villamariense Mauro Rosales 11 años después. Figura argentinas en los Juegos Olímpicos de 2004

Escribe: Walter Vargas

Parece que fue ayer, pero no, pasó bastante más que eso, más exactamente, desde hoy, 11 años, por cuanto el 28 de agosto de 2004 el deporte argentino escribió una página que no tenía antecedentes y que acaso jamás repetirá: la conquista de la medalla dorada de fútbol y básquetbol en los Juegos Olímpicos.

La cosa fue en Atenas, tan luego en Atenas, cuna del olimpismo, con apenas ocho horas de diferencia y en la misma jornada que el equipo nacional de vela contribuyó al medallero con un Bronce si no fuera de catálogo por lo menos digno de encomio.

Pero el trazo grueso de esas horas gloriosas correspondió a dos deportes de conjunto, los dos de juego con pelota, los dos con raíces profundas en geografías copiosas y los dos de una enorme relevancia en la Argentina, aunque los dos, por cierto, de tradicional dificultad para el acceso al podio.

El fútbol, a primera mirada mucho más viable, había carecido de un indispensable cuidado institucional, la Argentina solía llegar a los Juegos con equipos improvisados, o de poco rodaje, en cualquier caso disminuidos, pero incluso se había quedado en la puerta disponiendo de equipos poderosos, como el de Amsterdam 28 (perdedor de Uruguay) y el de Atlanta 96, que en la final tuvo servido el triunfo, cometió el pecado de relajarse antes de tiempo y a un minuto del final, cuando el tiempo suplementario parecía inevitable, una grosera desatención defensiva allanó el camino al decisivo gol de Nigeria.

En el básquetbol, en cambio, de por sí la posibilidad de ganar la medalla dorada se insinuaba igual de posible que enviar una expedición a Marte: durante décadas habían pisado fuerte los colosos de Europa (sobremanera la ex-URSS o los países balcánicos) y después, cuando se abrieron las puertas a las estrellas de la NBA, Estados Unidos fundó el “Dream Team” e invitó a que todos los demás se desgasten en pos de la Plata y el Bronce. 

Sin embargo, llegados los Juegos de Atenas 2004 confluyeron varios factores que sin garantizar nada dispusieron en la mesa un plato consistente y sabroso: una rica materia prima en su punto de cocción, una preparación rigurosa y la explícita vocación de ir por el escalón más alto. 

¿Se alinearían los planetas?

Pues sí se alinearon: la acreditada formación conducida por Marcelo Bielsa alcanzó un altísimo nivel y superó con facilidad la relativa resistencia de Serbia y Montenegro (6-0), Túnez (2-0), Australia (1-0), Costa Rica (4-0), Italia (3-0) y también la de Paraguay, pese al exiguo marcador de una final, la que tuvo lugar en el Estadio Olímpico ante 41.116 espectadores, definida por un gol de Carlos Tévez, que pasó por la competencia en clave de futbolista fuera de serie.

Ese triunfo, seis triunfos en seis partidos, y sin recibir goles, ya suponía un hecho extraordinario: la Argentina ganaba el Oro en fútbol por vez primera al cabo de 52 años.

Integraron el plantel los arqueros Germán Lux y Wilfredo Caballero; los defensores Roberto Ayala, Fabricio Coloccini, Gabriel Heinze, Clemente Rodríguez y Leandro Fernández; los mediocampistas Luis González, Javier Mascherano, Nicolás Medina, Mariano González, Andrés D’Alessandro y Cristian González; y los delanteros César Delgado, el villamariense Mauro Rosales, Javier Saviola, Luciano Figueroa y Carlos Tévez.

Después vino la epopeya de los cracks de la “Generación dorada”: es cierto que en la semifinal venían de consumar una victoria de ensueño (89-81 a Estados Unidos, dejándolo lejos del cuarto Oro consecutivo en los Juegos, con 29 puntos de “Manu” Ginóbili), pero Italia les había ganado en la fase clasificatoria y además era cuestión de ver cómo sobrellevarían la tensión deseo/peso de la responsabilidad. 

Y aunque fácil, lo que se dice fácil, Italia no fue, la selección pergeñada por Rubén Magnano (otro gurú símil Bielsa) levó el partido a rienda corta y con un tramo final de los que llenan todos los casilleros que cuentan y un héroe en cierta medida insospechado, Alejandro Montecchia, “el Puma” de Bahía Blanca, se llegó al 84-69 que desató las riendas de una jubilosa perplejidad: ¡Argentina, medalla dorada en básquetbol!

El camino al Oro demandó enfrentar a Serbia y Montenegro (83-82, el día de la agónica y certera acrobacia de Ginóbili), España (76-87), China (82-57), Nueva Zelanda (98-94), Italia (75-76), Grecia (69-64), Estados Unidos (89-81) e Italia (84-69). 

Los paladines criollos de la pelota naranja fueron Juan Ignacio Sánchez (“Pepe”), “Manu” Ginóbili, Luis Scola, Andrés Nocioni, Rubén Wolkowyski, Alejandro Montecchia, Gabriel Fernández, Hugo Sconochini, Fabricio Oberto, Carlos Delfino, Walter Herrmann y Leonardo Gutiérrez.

Es cierto que la historia del deporte argentino está poblada de episodios luminosos que entran sin forzamiento en un libro de cientos de páginas (mundiales de fútbol, de básquetbol, de hockey sobre césped, de hockey sobre patines, cuatro decenas de campeones de boxeo, Juan Manuel Fangio, tenistas ganadores de Grand Slam, Roberto De Vicenzo, Alberto Demiddi, más Los Pumas, más los grandes equipos de vóley, de handball, más unos cuantos hitos en las arenas del olimpismo, etcétera, etcétera, etcétera), pero la dimensión de los logros del 28 de agosto de 2004 bien puede simbolizar y abrazar todos los laureles, todos, los conseguidos y los por conseguir.

 

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