Embrujo colonial

Escribe: Pepo Garay

ESPECIAL PARA EL DIARIO

Siempre bella gracias al color que le imprimen sus habitantes de descendencia africana, esta ciudad emblema de la historia americana deslumbra también de la mano de su excelsa arquitectura

p14-f1Mienten las guías turísticas. Mienten por omisión, porque no dicen que lo mejor de Cartagena de Indias es su gente. Esos negros de andar rasgado y dentadura impoluta (la de las carcajadas), que llevan el sabor del caribe en las venas y el Africa de sus antepasados esclavos en la despreocupación, en el ritmo, en el vivir la vida como si aquello del mañana fueran patrañas. Son los hombres flacuchos y las mujeres regordetas, los que disfrutan de la salsa y las charlas relajadas y extensas, y de la siempre a mano cervecita helada al son de ballenatos incendiarios, al calor de las circunstancias, de la brisa del mar.

Después, claro, está una ciudad fantástica, o mejor dicho, un casco antiguo fantástico, resumen de la época colonial en América y Patrimonio de la Humanidad desde 1984. Se trata de un distrito amurallado que remonta a los años de la conquista, cuando esta metrópoli ubicada en el norte de Colombia se perfilaba como uno de los asentamientos urbanos más importantes del nuevo mundo.

Fue fundada en 1533. De aquellos años y de los siglos cercanos a la fecha son las construcciones que pueblan el casco histórico. Compendio hecho íntegramente de arquitectura colonial, una belleza de casonas de colores con balcones y tejados, de iglesias y monasterios, de otroras tiendas polirrubro y dependencias militares, oficinas reales, monumentos, parques… caminar ese encuadre de calles es sentirse en las espumas del tiempo, experimentar cantidad de asedios extranjeros y heroicas defensas criollas. Es ponerse en la piel de un señor feudal, de un esclavo, de un pirata, mientras la negra del hoy luce frutas en la cabeza y un vestido a tono, quizás ajena a la leyenda, pero no al arte de la venta.

Tanto dentro como fuera de la ciudad amurallada (pero siempre en el sector antiguo) el inventario de joyas a la vista es interminable. Con todo, a la hora de las citas conviene hablar de sitios claves como la Catedral (construida en 1575 y destruida parcialmente por el temible pirata Francis Drake en el Siglo XVII), el impresionante Castillo de San Felipe de Barajas (la fortaleza más grande construida por los españoles fuera de la península), el Palacio de la Inquisición (hoy museo), la Plaza de Bolívar, el Convento de la Popa (enclavado en una colina), la iglesia de Santo Domingo, la Puerta del Reloj (principal umbral a la ciudad amurallada) y la Plaza de la Aduana.

 

Lo nuevo y la playa

Ya del Siglo XXI es la zona del Muelle Turístico (donde reposan barcos que invitan a la vuelta por el Atlántico y la Bahía de las Animas), el Paseo de los Pegasos (siempre a la vista de las maravillas de la parte vieja, tan al lado), y sobre todo el sector de Bocagrande. Se trata de una línea de costa infectada de enormes rascacielos y playas superpobladas, metáfora del milagro de la Colombia abierta al mundo y a los negocios.  

Mucho menos milagrosas son las interminables barriadas que se extienden entre la pobreza y la miseria (la inmensa mayoría de la ciudad). En pleno choque con la realidad, el viajero podrá ver de cerca cómo viven los hijos de los esclavos, antes de encontrarse, a una hora del centro, con las cristalinas aguas de la Isla de Barú (en rigor una península). Allí, ranchitos ofrecen alojamiento y comida a precios módicos. Los dueños y el personal lo esperan a uno de buen humor, recostados en las hamacas y con todo el tiempo del mundo a su favor.

 

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