Mary Amaya: “Tengo un millón de hijos del alma”

Es conocida en la ciudad por ser la presidenta de la organización que trabaja para que se esclarezcan más de 25 crímenes no resueltos. El dolor por la pérdida de un hijo, lejos de paralizarla, fue el motor que impulsó su lucha

Mary va cosechando hijos desde su sonrisa y su forma de ser
Mary va cosechando hijos desde su sonrisa y su forma de ser

La presidenta de la Asociación Civil Verdad Real y Justicia para Todos es un ejemplo de fuerza y de empuje, una de esas mamás luchadoras, paridas por sus hijos.

En vísperas del Día de la Madre, Mary Amaya abre las puertas de su casa para hablar sobre su vida, en diálogo con EL DIARIO.

Mary le contó a la cronista de este medio qué fue lo que la motivó a involucrarse en esta ardua tarea, esta búsqueda permanente de justicia: “El motivo es muy doloroso. Yo antes pasaba por la vida y me parecía que las cosas malas no me podían llegar. En ese entonces veía en muchas oportunidades alguna manifestación, alguna pequeña marcha que se hacía y las acompañaba un ratito, les deseaba lo mejor y me iba. Hasta que un día me tocó que me mataran a mi hijo en la provincia de Buenos Aires, en Junín. Lo asaltaron en la casa. Yo lo esperaba en mi casa, tenía que venir a Villa María a verme. Cuando lo esperaba a él, me trajeron la noticia de que tenía que ir a buscar su cuerpo. El vivía allá y se estaba por casar”, cuenta.

Por esa razón se acercó al grupo Verdad y Justicia: “Yo empecé a trabajar con toda el alma, poniendo todo de mí, me entregué completa, alma y vida a esa tarea, porque me había tocado muy fuerte la muerte de mi hijo y quería hacer algo. Ese era mi motor para todo lo que hice”, expresa una emocionada Mary, mientras un par de lágrimas brotan de sus ojos.

Luego de una breve pausa, continúa: “Hicimos mucho con la comisión. Yo ahora, lamentablemente, estoy un poco alejada por mis problemas de columna, pero cuando empecé me involucré cada vez más. La comisión de Verdad y Justicia se iba dejando estar cada vez más, hasta que llegó un momento en el que estuvimos más de seis meses sin que dijéramos nada, parecía que no existíamos más”.

“Ahí hablamos con la hermana Albeana, de las adoratrices, que era la que había conformado este grupo, y le contamos la situación y ella nos embarcó de nuevo en esta lucha. Nos dijo que convocáramos a una asamblea, que hiciéramos las publicaciones en el diario, que invitáramos gente, que hiciéramos una elección y formáramos una comisión nueva. Me acuerdo de que fue una reunión linda, había bastante gente y ahí me eligieron a mí de presidenta de Verdad Real y Justicia para Todos. A mi hijo hace 16 años que me lo mataron y hace aproximadamente 10 que soy presidenta de la organización”.

 

Verdad y Justicia

Una vez formalizada la nueva comisión, comenzaron un exhaustivo trabajo: “Así conseguimos, por ejemplo, la Policía Judicial, que se creó en la ciudad a instancias nuestras. Aunque después el intendente de turno se lo atribuyó él. No te imaginas lo que luchamos y trabajamos nosotros por eso, hasta habíamos hecho una especie de reglamento estableciendo qué aspectos debían tenerse en cuenta para que pudiera funcionar de forma independiente y autónoma. Pedíamos laboratorios, médicos que fueran capaces e idóneos, que entraran por concurso, queríamos una cosa transparente, clara y eficiente. Además hemos trabajado acompañando a la gente de todos los casos que han ido sucediendo en Villa María, que han sido muchos. Recolectamos información de los distintos casos, con fotos, organizamos muchas marchas, participamos en todos los actos, ya sea de derechos humanos. Siempre estamos. Acompañamos a la familia, vamos a todas las audiencias, cuando se han hecho aquí por jurado popular, he estado en todas sin faltar a ninguna”.

 

El recuerdo

Uno de los casos emblemáticos, que Mary tiene muy presente en su memoria, es el caso de Sara Mundín: “Tenemos una pelea desde hace más de 20 años. Ese caso fue muy tratado, porque la chica desapareció en marzo, era una chica muy bonita, yo la conocía porque frecuentaba el comité radical y yo también. Nueve meses después encuentran un esqueleto en el río y la Justicia se lo entregó a la madre afirmando que era el de su hija”. En ese momento no existía el examen de ADN.

“Pero resulta que ella toda la vida, y lo sigue diciendo ahora, sentía que no era Sarita, ella sabía. Cuando empieza a aparecer el ADN, ella pide la exhumación y se confirma que tenía razón”, detalla Amaya.

Luego, busca entre sus cosas y saca de un cajón un enorme libro que han armado con la comisión. Cada “capítulo” contiene todos los artículos periodísticos que salieron publicados, ordenados cronológicamente, de cada caso que llevan adelante.

Al mostrarnos uno de los artículos del caso Mundín, lee el copete con atención, hace un paréntesis en su relato y expresa: “‘La prostituta desaparecida’, a veces el periodismo es, cómo lo podría calificar… porque usa la palabra ‘prostituta’ y es muy fuerte. La pobre había muerto y creo que así se la estigmatizaba. ¿Por qué, si ya hacía tantos años que estaba muerta, tienen que hacer resaltar siempre el carácter de prostituta? Era un ser humano, como cualquier otro”, dejando expuesta su calidad humana, su sensibilidad y su empatía.

 

“A seguir luchando”

“Es lo único que me mantiene más viva”, manifiesta Mary, aunque también agrega que, aunque quisiera dar un mensaje esperanzador, le cuesta.

“Yo no creo en la Justicia argentina, te lo digo así bien segura, y no sé qué puede pasar para que vuelva a ser creíble. El humano es débil y en cualquier momento y de cualquier manera consiguen corromperlo”, expresa, a pesar de seguir firme con su lucha, que continuará hasta el último aliento, según ella misma afirmó.

“Es difícil, pero hay que tener fe y esperanza, porque si perdemos la esperanza estamos terminados”, concluyó.

Según su opinión, hoy el mayor problema viene desde la familia y se extiende al resto de las instituciones: “Yo pienso que el mayor dolor viene de la familia. La familia, no quiero decir que sea a propósito, pero se vieron obligados a salir a trabajar ambos padres, dejar los hijos en sus casas a la buena de Dios o dejarlos en la calle. Entonces se han ido relajando todos los principales valores morales que teníamos bien resueltos. Se dejaron de respetar entre sí los miembros de la pareja, se dejaron de respetar las autoridades, tanto las educativas como las policiales. Yo hoy no iría con confianza a pedirle auxilio a un policía, no podés confiar. Porque son tantos los casos que salen todos los días, que lamentablemente te destruyen la confianza. Otro punto es la lentitud, justicia lenta no es justicia. Cuando la Justicia duerme, los delincuentes se van por la ventana”, sentenció.

 

Sangre y corazón

La familia de Mary es “chiquita”, como ella misma la describe: “Me quedó un solo hijo. El vive al frente de mi casa y en este momento está en España visitando a su hijo que vive allá. Tengo seis nietos. Uno en España, otra nieta en Italia, una en Córdoba, uno en Buenos Aires y otro en Rosario. Uno solo vive en Villa María”.

“Yo soy un poco rara, porque no quiero llevarles preocupaciones. Mi hijo trabajó tanto para conseguir esa plata para ir a visitar a su hijo, que ni se me ocurrió plantearle ‘me vas a dejar sola para el Día de la Madre’, no puedo ni insinuarlo”, agregó.

“Una de mis asignaturas pendientes es proponerme en serio aprender a usar la computadora, la notebook y el celular. Yo estaba negada, pero con toda la familia desparramada por el mundo necesito empezar con urgencia y ahora voy a buscar a alguien que me venga a dar clases”, demostrando sus ganas de seguir creciendo día a día.

Pero su familia de sangre no es la única que tiene: “Tengo mucha familia de la vida y muchos hijos de la vida. Mi alumnos de la escuela de campo son todos mis hijos del corazón, los amo y cada tanto vienen a visitarme, siempre viene alguno. El amor para ellos es incondicional. Pero tengo, por ejemplo, hasta el chico que me vende el pan de chicharrón, que no lo debería comer”.

Ella va encontrando hijos así: “Yo voy sembrando, siempre he ido dejando algo por donde paso”, expresa, con una sonrisa.

Mary puede cantar como Roberto Carlos: “Tengo un millón de amigos”, aunque se diferencia: “Yo tengo un millón de hijos del corazón, hijos del alma”.

 

Su lugar en el mundo

Recordando la escuela que se armó de cero cuando llegó a la Dirección, Mary recalca que lo que más la marcó de aquella época fue “ver cómo se había entregado toda la gente de la colonia, para cumplir un sueño. Esa gente tenía que llevar sus hijos a escuelas que le quedaban bastante lejos, cruzar la ruta y el ferrocarril y a los chicos solos no se animaban a mandarlos. Esa escuela la formó la Cooperadora, nos había llegado la notificación de que iban a construir una escuela rancho y nos indignamos tanto, que comenzaron a construir. Todos los días pasaba con una vagoneta a buscar a los chicos, uno por uno por sus casas, y de ahí llegábamos todos juntos a la escuela”.

“Yo siempre la llamé la gran familia de campo Maurino, hacíamos a fin de año fiestas en la que participaba la gente, padres de los chicos, gente que vivía cerca, todos formaban parte, y siempre quisieron y quieren mucho a la escuela”, agregó y resaltó que después de presentar el libro con la historia de la escuela muchísimas personas de la zona se volvieron a contactar con ella para seguir sumando anécdotas.

“Después de esa escuelita trabajé cinco años en la Escuela Agustín Alvarez hasta llegar a la edad de jubilarme y me jubilé, siempre extrañé mi escuelita”, revela, además de remarcar el difícil comienzo que enfrentó en la escuela de la ciudad.

“De entrada cuando empecé a trabajar ahí, me enfrenté con una denuncia que habían hecho de que el agua estaba contaminada. La denuncia la había hecho un médico. Hicimos todos los estudios y el colegio tenia la misma agua corriente que toda la ciudad. Así que de esa salí vencedora, digamos. Después nos hicimos amigos con el doctor, pero al principio lo quería estrangular”, cuenta riendo. Así de cambiante fue esa historia, pero como siempre, Mary la supo llevar adelante.

Recuerdos

Esa corona de nieve

que el tiempo dejó pasar,

donde mis manos se hundían

en un dulce acariciar.

Esos ojos transparentes,

que la tristeza encerraban,

desbordaban de ternura

cuando a tus hijos mirabas.

Esas manos tan sufridas,

por trabajos arruinadas,

eran suave terciopelo

cuando nos acariciabas.

Esa voz que aún recuerdo,

que nunca escuché enojada,

con tanta sabiduría

el camino señalaba.

Esos brazos que con fuerza

contra ti me apretujaban,

cuando sin decir sabías

que tu “negrita” penaba.

La vida me dejó recuerdos,

que con mi mayor tesoro,

son mi fuerza, son mi guía

y son más valiosos que el oro.

Por todo lo que ayer tuve

y que hoy no tengo ya,

desde el corazón te digo:

¡cuánto te extraño, “Mamá”!

Mary Amaya

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