Un porro que se baila

Por el Peregrino Impertinente

“Vamos a bailar un porro” dice un colombiano, y lo primero que hace el inocente viajero es mirar para todos lados a ver si no hay un policía cerca. Después, se da cuenta de la incoherencia de la frase y piensa que su interlocutor está tan quemado por el cannabis, que ya no puede ni verbalizar. “Dale, y después cantamos un whisky con roynol”, se burla, simplemente porque es un gañán.

Lo que no le explicaron a éste es que, en realidad, el porro es un estilo musical muy popular en la nación del norte sudamericano. Modalidad nacida en el Caribe, donde la gente conoce muy bien lo que es vivir con alegría. “Con alegría, con algarabía, con antropología” salta un obsesionado Scioli, a quien todavía no le avisaron que las elecciones terminaron hace rato y que las ganó un tipo que hasta no hace mucho pensaba que “paritaria” era una marca de vinos.

De ritmo pícaro y juguetón, como los de ISIS cuando dicen “vamos a regar el mundo con la sangre de los infieles”, el porro encuentra la base de su compás en el fulgor que le marcan los tambores, la trompeta y el clarinete; instrumento este último que se diferencia del Clarín porque no es capaz de generar ganancias a costas de un país entero, de la mano de las más despreciables estrategias comunicativas pergeñadas por empresarios de ambición desmedida y materializadas por la pluma y el micrófono de tristes mercenarios que se excitan de sólo pensar que a través de ese accionar indigno alcanzarán la gloria profesional, o lo que es lo mismo, la admiración de su grupo de pares y de la sociedad toda, en la inútil búsqueda de darle algún sentido a sus ya hipotecadas vidas.

¿En qué quedamos? Ah, sí, en el porro. Hojaldre que ahí viene un milico.

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