Bibliotecarios y la restitución de libros retirados por la dictadura

dibujo-chirinoCuando todo quedó bajo la oscura y fría sombra de la peor noche en la historia argentina,  infinidades  de patios y descampados se poblaron de hoyos para enterrar libros y revistas. En otros casos el papel de la «literatura comprometedora» se redujo a una triste llama que no iluminó ni calentó nada. Algunos no llegaron a proteger sus lecturas y esos materiales fueron encontrados por las fuerzas represoras  en los allanamientos que realizaban a las casas de lectores «sospechosos». Esos libros, en manos de los hombres vestidos de verde triste, fueron pruebas suficientes  para que entendieran que sus lectores eran culpables de querer una libertad que no estaba permitida. Pero la resistencia surgió en todas partes, así se agudizó el ingenio para esconder a los ojos represores aquellos libros con los que tantos momentos íntimos y colectivos se habían compartido.

Un caso particular, en nuestra provincia, fue el ocultamiento de la biblioteca familiar que realizaron los  Gerchunoff  en su casa del barrio Parque Vélez  Sarsfield  de la capital provincial.

En 1976, Eva Maltz y Salomón Gerchunoff entendieron que la tenencia de los libros se había tornado algo peligrosa en tiempos en el que el propio Estado secuestraba personas. Salomón, abogado y militante del Partido Comunista, conocía bien el clima político que imperaba. Eva, arquitecta, realizaba remodelaciones en la casa y entonces aprovecharon para dejar la biblioteca detrás de una nueva pared que levantaron para la ocasión. Tiempo después llegaron a la casa los represores, no pudieron encontrar los libros, pero sí se llevaron detenido al militante de izquierda. La familia pasó por una época muy dura, la casa cambió de manos. Por décadas la biblioteca quedó aguardando la luz, hasta que  regresaron los hijos y nietos de Eva y Salomón para recuperar el invaluable tesoro.

Hace una semana, desde la carrera de Bibliotecología que se dicta en el Inescer «Dr. Angel Diego Márquez», para conmemorar el Día del Bibliotecario, se invitó a Luis Gerchunoff, uno de los hijos de esa familia cordobesa, para que contara la historia. El acto fue sencillo pero profundamente conmovedor y habilitó para que algunos presentes compartieran historias de libros escondidos en nuestra ciudad.

A esta altura, y para hacer conocer a los jóvenes que no vivieron aquella época, quizás sea interesante señalar que las autoridades de entonces hicieron actos públicos quemando libros, retiraron material de las bibliotecas oficiales y practicaron todo tipo de censura inimaginable. Es más, por los medios de prensa se pedía la destrucción de los libros. Como fuente que fundamenta esta última afirmación podemos mencionar que el 28 de marzo, en su página cinco, el diario cordobés La Voz del Interior publicó una nota bajo el título «Rigen penalidades. Tenencias y ventas de literatura marxista». Allí se decía que «la  intervención militar en la provincia de Córdoba» recordaba «a la población que la tenencia, venta y/o exposición de literatura marxista de tipo subversiva hace pasible a sus poseedores, cómplices y encubridores, de las penalidades impuestas por la Ley Nacional N° 20.840. Por lo tanto los poseedores de tales publicaciones deberán destruirlas».

En el mencionado acto organizado por los profesores y estudiantes de Bibliotecología se entregó un folleto con facsímiles  que reproducen material relacionado con la censura en la ciudad. En uno de ellos, están estampadas las firmas de los encargados de librerías villamarienses de entonces. Así figuran las librerías Verbo, Macondo, Bettini, Lapilandia, Ubaldo Bertino, Eduardo Clos, El 9 y Cabral. A todos, en 1978, se les había notificado la prohibición de «distribución, venta y circulación» de libros fijada mediante decreto nacional. La comunicación fue realizada por el municipio local. Un dato a tener en cuenta cuando se habla del rol de los gobiernos municipales en las políticas de la dictadura desaparecedora de personas.  

Otras copias de documentos que se entregaron esa noche fueron la nota de elevación de un informe acerca de los libros retirados de la Biblioteca Municipal y Popular «Mariano Moreno». Con la firma del bibliotecario mayor, Pedro Martínez,  se le informó al secretario de Gobierno, Daniel Pedraza, el listado de los libros «retirados de las estanterías ante una orden impartida por las autoridades militares el día 24 de marzo de mil novecientos setenta y seis». También se mencionan que los mismos fueron «embalados en las cajas respectivas» al igual que dos cuadros del expresidente Perón «y su esposa la Sra. María Eva Duarte».  Según la nota pareciera que el listado, los cuadros y las cajas con los libros fueron remitidos a la Secretaría de Gobierno.

Estas son pruebas de cómo el Gobierno municipal de la dictadura secuestró material de la biblioteca oficial de la ciudad y prohibió material en las librerías. Fue tiempo en que hicieron desaparecer libros y metieron preso a las palabras. Prueba de esto último fue el Manual de Estilo que los militares, en la noche del 23 de marzo, hicieron llegar a las redacciones de los principales medios de prensa de la provincia. Allí, entre otras muchas cosas, se establecía que los comunicados de prensa remitidos por el Ejército debían ser reproducidos de manera textual. Otro punto destacado de aquella comunicación era la manera de cómo debían denominarse los integrantes de las formaciones guerrilleras. Respecto a este punto se dejaba en claro que los mismos no podían ser mencionados como pertenecientes a sus organizaciones, por ejemplo, no debía escribirse que alguien era «montonero», sino que tenían que  ser denominado «subversivo».

En el referido encuentro de bibliotecarios y estudiantes de Bibliotecología se planteó que sería un acto de justicia y de real memoria retornar todos los libros que fueron retirados de la Biblioteca Municipal y Popular. Los presentes se manifestaron de acuerdo. Es posible que el año próximo los bibliotecarios, y los que sólo somos lectores, podamos ver cómo regresan a sus estantes aquellos materiales que fueron dados «de baja» por quienes estaban al servicio de un proyecto político, cultural y económico que no necesitaba silenciar la voces disonantes.

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