Cartas franqueadas al país del Nunca Jamás

Héctor Zanettini, socio-fundador del Centro Filatélico y Numismático de Villa María

Adhiriendo al cumpleaños 149 de la ciudad, el Centro Filatélico y Numismático expuso sus mejores colecciones en el hall de la Medioteca. Al evento se sumó un sentido homenaje a don Carlos Martín, el mayor investigador en medallística de la Villa fallecido el pasado 25 de septiembre. Y también el nombramiento de “presidente honorario” a Héctor Zanettini, socio-fundador de la institución en 1951

Héctor Zanettini, socio-fundador del Centro Filatélico y Numismático de Villa María
Héctor Zanettini, socio-fundador del Centro Filatélico y Numismático de Villa María

Don Héctor Zanettini me espera en su estudio de calle San Juan, un pequeño entrepiso donde pasa los días junto a sus libros, postales y billetes de antaño. La idea es charlar sobre el título de “presidente honorario del Centro Filatélico y Numismático” que acaban de otorgarle. “La verdad es que no podrían haberme hecho un regalo mejor para mis 90 años”, dice el hombre emocionado.

Sin embargo y acaso como una metáfora de la condición humana, su alegría llegó “franqueada” en la misma correspondencia que la tristeza, junto con la muerte de su amigo y colega don Carlos Martín. “Qué le voy a decir, muchacho, es una pena enorme. Carlos era un gran amigo. Y aunque sabía que estaba mal, uno nunca se espera lo peor. Y mire usted lo que son las cosas, se nos fue justo el día en que armábamos la exposición. Por eso, de alguna manera, esta muestra fue para él”.

¿Cuándo se conocieron con Martín?
-Fue en el año 1963, cuando los del Centro Filatélico nos fusionamos con el Centro Numismático de la ciudad al cual él pertenecía. Desde entonces fuimos amigos. El venía con su esposa a comer a casa y nosotros íbamos a la suya. Hemos viajado en auto por todo el país, participamos juntos en un montón de expoisiciones y tuvimos el privilegio de organizar la muestra del centenario de la ciudad junto a los demás coleccionistas. Me cuesta mucho hablar en estas circunstancias…

Entonces, hablemos de sus postales villamarienses…
-He podido conseguir más de mil y vengo de exponer unas 40. Es todo lo que me ha quedado porque a mis anteriores colecciones las vendí. Como no tengo familiares que se interesen, preferí dejarlas en manos de gente que las pueda continuar. Por suerte, las medallas quedaron para Gustavo Caffaro que está acrecentando la colección. Igual, como no puedo estar sin juntar cosas, he vuelto a los billetes. Aunque sin el rigor de antaño.

También se ha dedicado a estudiar documentos…
-Sí, precisamente acá tengo el plano de un terreno de Bell Ville donde figura una antigua posta llamada “Posta de Caseros”. Nunca supimos de su existencia. Sería muy interesante averiguar si se conservan cartas mataselladas ahí.

Quedan para el final los números de Zanettini, verdaderamente impresionantes: 50 exposiciones de filatelia y numismática en todo el país; la publicación de dos libros ineludibles para la historia de las dos ciudades (“250 mil adobitos”, donde relata la construcción de la Catedral de Villa Nueva y “Ellos la hicieron”, sobre la fundación de Villa María). Y por cierto, los 65 años como miembro activo del Centro Filatélico y Numismático local. Por eso, cuando llega el momento de la foto, don Héctor toma la flamante placa de presidente honorario y una plancha de estampillas del centenario de la ciudad en 1967, como si tomara dos símbolos. “Vamos a ver si pedimos una nueva serie al Correo Argentino para el año que viene cuando cumplamos los 150”. Y al saludarme en la vereda, Zanettini me dice: “Quisiera pedirle un favor, muchacho, ¿usted podría entregar esta carta al diario?”. Le digo que no hay problema. “Léala, por favor”, me pide. Y abriendo el sobre se me graban algunos fragmentos al pasar: “Fue un hombre que no descansaba nunca. Un amigo y colaborador incansable de todos los que lo necesitaban… Se nos ha ido, pero aún sigue vivo… Querido Carlos, no te preocupés, ya nos volveremos a encontrar”.

“Es una carta para Carlos Martín -me dice- ¿pero a dónde se la podría mandar? Es un problema del que nunca nos ocupamos los filatelistas, dejar una dirección para cuando uno se vaya de este mundo, ¿usted cree que le va a llegar?” Le digo que no lo sé, pero que también tengo esperanzas. Y tras darme la mano, el hombre vuelve a subir las escaleras rumbo a su búnker. Allí donde examina planos, colecciona postales y se escribe con el alma de los muertos.

 

“Cuqui” Ayassa: primera dama de la “filatelia artística” en la ciudad

Cuqui Ayassa con su flamante Medalla de Bronce
Cuqui Ayassa con su flamante Medalla de Bronce

Su pequeño “Café Antonia” en calle Salta, es mucho más que un café. Es su atelier y galería de arte, su “bread and breakfast” y su lugar en el mundo para recibir a todo aquel que quiera hablar de pintura y filatelia, música y ballet, trenes o Chopin. Y es que “Cuqui” Carballo de Ayassa es una mujer de puertas abiertas. Y su café-atelier no es otra cosa que la extensión de su living hacia el universo. Y es ahí, precisamente, donde esta “primera dama de la filatelia artística” de la ciudad me recibe con su flamante premio que es su orgullo: la Medalla de Bronce obtenida en la Exposición Internacional de Córdoba con motivo del Bicentenario de la Independencia.

“Me dieron este premio por mi colección de pintura argentina, que también la expuse en la Medioteca. ¡Pero no soy la única villamariense que trajo medalla! También ganaron Jorge Pipino, Pedro Rinaudo y Sergio Olivero ¡Ellos sacaron de Oro y de Plata!”

¿Cómo nace tu pasión por la filatelia?
-Siendo muy chiquita, cuando un amigo de mi hermano que se llamaba Cirilo Jerez nos trajo mucha cultura a nuestra casa. Entre ellos, el dibujo y la filatelia. Pero después de casarme y tener chicos tuve que dejar las estampillas por un tiempo.

¿Y cuándo retomaste?
-Hace relativamente poco, ponele unos diez años. Y fue una continuidad de mi pasión por la pintura. Ahí empecé las dos colecciones que tengo, la de los artistas plásticos de nuestro país y otra más grande que se llama “Nacimiento, desarrollo y decadencia de la pintura”. En esta colección, abarco desde los motivos rupestres en las cuevas hasta la actualidad, pasando por la Antigüedad y el Renacimiento. Un párrafo aparte merece la pintura rusa, que para mí es la mejor del mundo. Me apasioné tanto que hasta me puse a dorar “íconos” como en tiempo de los zares…

Hablaste de “decadencia” de la pintura ¿te podrías explayar?
– Yo sostengo que en los últimos años ha habido una decadencia en la pintura, motivada por las bienales que aceptan cualquier cosa como “obra de arte”. Yo sé que los artistas que hacen instalaciones tienen mucha creatividad, pero esas cosas no son arte para mí. Un arquitecto de Buenos Aires dice que el resultado de todas las bienales va a ir a parar al tacho de basura, y yo coincido con él. A lo mejor esto que digo es polémico, pero a mi edad yo ya soy inimputable ¿no te parece?

Me hablaste de la pintura rusa, pero esa bailarina tiene más influencias de Degas…
-¡Sí, claro! (risas) Pero a esa bailarina la hice para una exposición en un castillo francés, propiedad de un conde polaco. Y como no me supe inscribir por Internet, no la pude mandar. Así que ahora la tengo acá en mi atelier. Ya ves que ni siquiera con motivos franceses me puedo abstraer del mundo eslavo…

Volviendo a la filatelia ¿cómo está el Centro a 65 años de su fundación?
-La gran noticia es que se han acercado muchísimos jóvenes ¡Pasamos de no tener ninguno a tener 25! Y mucho tuvo que ver nuestro presidente, Sergio Olivero, que tiene mucha llegada y herramientas para hablar con los chicos…

La última pregunta, “Cuqui” ¿qué significan para vos las estampillas?
-Significan un mundo paralelo. Es mi modo de viajar “gratis” a todas partes y a todos los tiempos. Con una serie, por ejemplo, me voy a Cracovia. Con otra, me voy a un museo de Moscú o a las Cuevas de Altamira. Porque los sellos también son eso, una fabulosa galería de arte. Sé que mi colección no tiene mucho valor en lo económico, como el de las llamadas estampillas clásicas. Me han llevado a países y culturas que no habría podido visitar ni con todo el oro del mundo…

“Cuqui” posa, precisamente, al lado de su bailarina pintada para el conde polaco. Y me digo que acaso ese óleo haya sido también su modo de viajar al valle de “la Loire”, a la Francia de los castillos medievales y a esa aristocracia polaca para la que tantas veces tocara su admirado Chopin. El conde nunca conocerá el cuadro de Cuqui -me digo- pero la bailarina se ha quedado en la ciudad para siempre. Como un billete de primera clase para viajar a otra cultura desde los muelles de la imaginación y del olvido.

Iván Wielikosielek

 

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