Ciudad bajo la Torre de Hölderlin

Taller de cerámica al aire libre (foto de Florencia Garello, 2015)
Taller de cerámica al aire libre (foto de Florencia Garello, 2015)
Taller de cerámica al aire libre (foto de Florencia Garello, 2015)

La Colonia Vidal Abal de Oliva ha sido fuente de inspiración para varios artistas villamarienses. En 2006, Javier López junto a Lina Montello y Mónica Almonaci rodaron “Ausencias”, un documental de media hora como tesis universitaria, mientras que la semana pasada Florencia Garello inició una serie de fotografías en el taller de cerámica de sus pab

Torre de Oliva, por Florencia Garello
Torre de Oliva, por Florencia Garello

ellones. ¿Qué fascinación ejerce un hospital psiquiátrico en el imaginario plástico? López y Garello cuentan su experiencia en la ciudad cuya torre se parece tanto a otra, aquella que sirviera de refugio a un poeta alemán declarado demente

Desde “La sala número seis”, de Chéjov, hasta “Los lanzallamas”, de Roberto Arlt, y pasando por los grandes clásicos de la pintura (“La ronda nocturna”, de Van Gogh; “La casa de los locos”, de Goya; “La extracción de la piedra de la locura”, de Bosch), los hospitales psiquiátricos han ejercido una poderosa fascinación en los artistas. Muchos los han tomado como tema de inspiración y otros como excusa para retratar aspectos morales de la condición humana. Los menos (el propio Van Gogh, el poeta francés Antonin Artaud o el argentino Jacobo Fijman) estuvieron internados entre sus paredes y fueron “uno más” al otro lado del espejo.

Desde tiempos y perspectivas muy distintas, los artistas villamarienses (sobre todo los que portan una cámara) también han sucumbido al encanto de los manicomios. Y en este sentido, la centenaria Colonia Vidal Abal de Oliva es el arquetipo más cercano.

 

Florencia Garello
Florencia Garello

Florencia Garello y sus retratos en el taller de cerámica

Florencia es una joven fotógrafa local. Entre sus hitos se cuentan las producciones para bandas de rock villamarienses y una fabulosa serie de perros rescatados por la protectora de animales. Sin embargo, decidió redoblar la apuesta no sólo en lo temático de su arte, sino sobre todo en el compromiso humano.

Taller de cerámica de Oliva (foto de Florencia Garello, 2015)
Taller de cerámica de Oliva (foto de Florencia Garello, 2015)

“Siempre me intrigó el hospital de Oliva porque no había escuchado nada positivo -dice la artista-. Todos hablaban del abandono y las malas condiciones de vida de los internos y se me puso en la cabeza que un día iría a verlo con mis propios ojos. Hasta que encontré en Internet unas fotos que Ariel Torres había sacado en el Borda y me decidí. Las fotos me impactaron muchísimo y lo contacté a Ariel por teléfono para preguntarle cómo había hecho y me contó todo. Enseguida me propuse hacer algo similar, pero desde acá. Creo que es importante que la gente conozca una realidad tan lejana y que a la vez queda tan cerca de la ciudad. Así que pedí una reunión con el director y le presenté un proyecto para hacer una muestra cuya entrada sería una donación para la Colonia. Me dijo que no había problemas.

A los pocos días supe que unos conocidos dictaban talleres a los pacientes, como “Cuini” Chapero, que daba cerámica. Así que la semana pasada viajé con él y la psicóloga Ana Palacios y decidí que voy a retratar todos los talleres”.

Respecto a su primera experiencia de campo, Garello aporta un dato muy curioso: “Logré una confianza instantánea con los internos. Me recibieron como a una más y me sentí integrada automáticamente, al punto que se olvidaron de la cámara, que es lo mejor que te puede pasar. Había unos 15 internos haciendo cerámica, entre hombres y mujeres de todas las edades, pero había cinco chicos menores que yo y eso me chocó, quizás porque me los podría haber cruzado en la calle. La mayoría estaba ahí por tratamiento de adicciones.

Me sorprendió muy gratamente ver las buenas condiciones en las que estaban todos, lo buena que era la comida y cómo estaban atendidos. Hice 300 fotos y muchos me pidieron retratos. Otros no querían que los sacara. Hay muchas miradas de soledad y de tristeza ahí adentro, pacientes con retraso o padeciendo ezquizofrenia, pero como están medicados, podés hablar con todos.

Un hombre de 60 años me dijo “acá tenemos comida, enfermeros, ropa limpia… Lo único que nos falta es el amor de los que nunca vienen a vernos”. Yo me fui contenta y positiva de Oliva, pero cuando llegué a mi casa, me desarmé. Estaba con la guardia baja y me acordé de las historias duras que me habían contado y lloré. Pero eso me impulsó también a querer ayudar. Hay que estar muy bien anímicamente para ir a un lugar así. Fue lo que me dijo el fotógrafo de Buenos Aires por teléfono. Ahora sólo pienso en ponerme mejor y hacer un taller con ellos el año que viene”.

 

Javier López
Javier López

Javier López y la ética de la mirada

Javier es fotógrafo de Puntal Villa María y en el año 2006, como estudiante de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM) realizó su tesis de Diseño y Producción de Imagen con “Ausencias”, un documental rodado íntegramente en la Colonia.

“Con Lina Montello y Mónica Almonaci queríamos hacer un video de contenido social que le dejara algo a la gente. Primero pensamos en el Centro de Disminuidos Visuales y Auditivos, pero también en algo relacionado con la locura, ya que la profesora Gabriela Naselli nos daba una materia fabulosa donde analizábamos la psicología de los personajes del cine. Y entonces pensamos en Oliva.

Mujer interna (foto de Javier López, 2006)
Mujer interna (foto de Javier López, 2006)

Un día fuimos y nos encantó desde lo visual y lo humano. Y no lo pensamos más. Igual nos llevó mucho tiempo conseguir los permisos, pese a que íbamos de parte de la universidad. La primera vez nos dejaron entrar con un grabador, luego con una cámara y al final con la filmadora. El miedo de los directivos era que fuéramos a buscar el morbo, el amarillismo que todos los diarios quieren mostrar: gente que se prendió fuego, gente que se suicidaba… Estuvimos un año realizando el trabajo de campo, yendo y viniendo de Oliva a Villa María y alojándonos en la casa de residentes. El rodaje fueron cinco días intensivos y pudimos ir a todas las villas menos a la sección de enfermos peligrosos, que están en celdas. Los demás estaban open door. Entrevistamos a médicos, enfermeras y pacientes”.

Mujer interna en uno de los pabellones (foto de Javier López, 2006)
Mujer interna en uno de los pabellones (foto de Javier López, 2006)

En cuanto al interés plástico de la figura humana de los internos, López confiesa que “a mí personalmente me es muy difícil hacer arte con algo tan doloroso. Había un montón de lugares abandonados donde me encantaba sacar fotos. Pero una cosa muy distinta era sacarle a un paciente. Digamos que trataba de sacarles fotos neutrales, sin subrayar los rasgos de una persona que sufre. Por eso nunca retraté a gente desnuda o defecando o llorando. En el diario me pasa lo mismo. Te mandan a sacar a un accidente y no podés buscar la factura artística a un auto triturado donde hay muertos. Tengo muy buenas fotos de un desalojo, por ejemplo, pero nunca las usaría para participar en un concurso. Esas fotos son de una realidad durísima y no podés lucrar con el sufrimiento de los otros”.

Respecto al final del rodaje, Javier comenta que “cuando nos volvíamos a Villa María, una compañera se puso a llorar desconsoladamente. Su conflicto era que ya no íbamos a volver y que a los internos los habíamos dejado solos, que de alguna manera los habíamos “usado”, que la realidad de todos ellos no iba a cambiar jamás. Yo le dije que no era así, que sólo habíamos ido a hacer un documental y que esa película tal vez despertara conciencias para que otros ayuden. No habíamos ido a cambiarle la vida a nadie. Pero al llegar a casa, inevitablemente sentí esa misma tristeza también, que aún no la puedo explicar”.

 

Hölderlin y después

Quizás esa tristeza de la que hablan Javier y Florencia sea la misma que 200 años atrás sintió un carpintero ante el desdichado Frierdick Hölderlin. Tras ser declarado “enfermo incurable” en un hospital psiquiátrico vecino, el poeta fue tomado “en adopción” por este obrero, quien lo llevó a su casa y le construyó una alta torre de madera con chapitel. En esas alturas vivió el artista el resto de su vida en medio de una “locura pacífica”. Esa torre que aún se levanta en la ciudad de Tubinga, se parece demasiado a la de Oliva.

Y quizás más que oscuras torres sean dos faros de piedad para las almas en soledad, radares de piedra irradiando la tan necesaria misericordia para todos los hombres.

Iván Wielikosielek

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