Cordobesa y culinaria

Por el Peregrino Impertinente

Históricamente, a los cordobeses se nos ha acusado de holgazanes, mentirosos y rufianes y de sólo haber aportado a la humanidad ignorancia, pestes y el Cuarteto Leo. Se podría decir que el enunciado es 100% verídico, si no fuera por ese infame “sólo”. Y es que nuestra macrista provincia (decirlo es fácil, escribirlo es como ser violado por la barrabrava de Temperley) también tiene cosas buenas.

Entre ellas podemos destacar, por ejemplo, la gastronomía. Basta con repasar las bondades culinarias del territorio mediterráneo y caer en cuenta de lo portentoso del asunto. Empezaremos por el centro y el norte, donde podemos nombrar los salames de Oncativo, los vinos y pastas de Colonia Caroya y el cabrito de Quilino (mucho más rico que el cabrito de Piñón Fijo, que de tanto fumar porro quedó todo chuzo y desabrido).

Después, el Valle de Calamuchita agrega las delicias de orígenes centroeuropeos adaptadas a los modos criollos, como el goulash, el pastel de manzana o la cerveza artesanal, además de las truchas y el ciervo ahumado. Traslasierra y el noreste, en tanto, contribuyen con el aceite de oliva, las aceitunas, las infusiones serranas y un pan con chicharrón que hace al doctor Cormillot decir “¡no, que es muy malo para la dieta”, y a nosotros responderle “agná a la conja e tu erhana”, porque tenemos la boca llena.  

Por su parte, el Valle de Punilla ofrece la miel, los dulces artesanales de frutos silvestres, los infaltables alfajores, los pejerreyes y los escabeches de aves (“deme uno de paloma”, dice un guaso con menos cultura gourmet que el medio scrum de Tonga).

En fin, que quedó claro el punto. “Qué punto ni punto si es un amistoso”, salta otro de por ahí, haciendo uso de una humorada clásica y muy nuestra, llevándonos así de vuelta al principio y tirando por la borda todo el esfuerzo conceptual. Qué linda que es Córdoba.

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