Compañero, decime qué se siente

Anoche, asociados de Cooperativa Comunicar y familiares celebraron en el Salón de Usos Múltiples de la sede ubicada en Periodistas Argentinos 466

En diciembre de 2001, una semana antes que el helicóptero emprendiera vuelo desde la terraza de la Casa Rosada con Fernando de la Rúa a bordo, una treintena de laburantes se aferraba a una tabla en medio del naufragio nacional: la economía solidaria

Anoche, asociados de Cooperativa Comunicar y familiares celebraron en el Salón de Usos Múltiples de la sede ubicada en Periodistas Argentinos 466
Anoche, asociados de Cooperativa Comunicar y familiares celebraron en el Salón de Usos Múltiples de la sede ubicada en Periodistas Argentinos 466

Cuando uno le pregunta a un integrante de la Cooperativa Comunicar qué se siente al formar parte, existen muchas chances de que, a la vuelta de algunas consideraciones, aparezca la palabra “orgullo”.

¿De qué? De haber mantenido vivo un medio de comunicación cuando al certificado de defunción no le faltaba más que la firma, de haber dado cabida en sus páginas a cuanta institución, cuanto establecimiento educativo, centro de jubilados, sindicato, asociación empresaria, club social y deportivo, club de trueque, centro vecinal, a cada iglesia y a cada credo, a cada ciudadano (porque “los lectores también escriben”), a cada concejal opositor y a cada concejal oficialista, a cada intendente y a cada candidato a intendente… Permitir que todas las voces se expresen, aún cuando lo que expresan no coincide con lo que uno piensa, también contribuye al sano orgullo que se siente por los catorce años cooperativos.

El informe de 2007 del Observatorio de Medios de la Universidad Nacional de Córdoba y el Cispren, que en uno de sus apartados consideró a EL DIARIO de Villa María como el medio “más pluralista”, es tal vez la mejor distinción; un presente que se sabe que no puede quedarse en el pasado, porque rompería una suerte de sello al pie de la relación con los lectores.

Lo cierto es que regresando al punto de partida, nos encontramos con un país que se iba al infierno, que la venta de ejemplares había caído hasta mil al día y que, en medio de ese maremagnum, la tinta aumentaba un 122% solamente en el primer año, al tiempo que se hacía sentir la dictadura de los precios del insumo básico por Papel Prensa. No había otra que remar y remar.

Y el que remaba al lado no era necesariamente un amigo, aunque era un compañero de trabajo, que no es poco. Y no pensaba igual, pero estaba igualmente empecinado en salvar la fuente de trabajo y la dignidad.

Sin dejar el remo ni un minuto, había que hacer cursos acelerados de cooperativismo, escuchar los consejos del «Negro» Espíndola, con sus chicas (Lidia, Sandra y Marcela), para que los sueños no naufragaran.

Una asamblea tras otra para buscar una verdad entre todas las voces, y así surgieron las compras comunitarias en el Mercado de Abasto para estirar el mango, las gestiones ante el Instituto Nacional de Economía Social y el Ministerio de Trabajo para explicar los proyectos…   Una asamblea tras otra hasta para desahogos personales, para volver a salir de las cenizas después del incendio de 2005, para escucharse… Difícil si las hay, la construcción colectiva, cuando mucha de la enseñanza que se ha recibido a lo largo de la vida proviene del manual capitalista del “sálvese quien pueda”.

Y los del diario, los de la cooperativa, fueron aprendiendo sobre la marcha que existía un camino alternativo, al tiempo que ponían en cada jornada en la mano de los vecinos de Villa María, Villa Nueva y la región el producto más noble que se podía, dadas las circunstancias. “El diario no puede faltar”, era casi una consigna, que dejaba en claro que podían producirse otras carencias.

Pero, afortunadamente, la gente se llamó a participar de la historia; fue hasta el quiosco, escribió una carta a favor de tal cosa, otra en contra de tal otra, se quejó por una foto de mal gusto… Se apropió de tal manera del medio, que en una de las tantísimas asambleas, uno de los integrantes del “consejo de ancianos” hizo entrar en las cabezas la siguiente frase: “EL DIARIO no nos pertenece; es de la gente. Nosotros somos solamente sus actuales administradores”.

Y bien, de la mano de la economía social fue creciendo el número de páginas: de 32 a 40, de 40 a 48, a 56…, sin perder la identidad, tratando de hacer siempre un lugar a la historia, a la cultura (con aquella impronta que le dio Bernardino Calvo), al dibujo (manteniendo la personalidad que le supo dar Nino Menardo). Hasta hubo un ejemplar de 120 páginas para un aniversario de la ciudad. Y llegó el color (en verdad, no llegó, sino que hubo que buscarlo, como todo) y los más de 5.000 ejemplares diarios, en promedio.

Para que ese crecimiento fuera posible se hizo necesario también que en esas asambleas periódicas se fueran abriendo las puertas de Comunicar a nuevos asociados, hasta llegar hoy al número de 57 integrantes. Casi 60 familias que tienen en la Coope su fuente de ingresos, su seguridad de que te esperan y te cubren si te pasa algo; hoy por ti, mañana por mí. Hay, además, otras 150 personas que trabajan indirectamente en el entorno de la cooperativa, desde publicistas hasta canillitas. Después de todo, uno de los cometidos de una cooperativa de trabajo es, precisamente, crear trabajo.

De ahí que cuando le preguntan qué se siente, casi seguro que los del diario dicen, entre otras cosas, “orgullo”. Y “gracias” a todos los que acompañaron y acompañan esta hermosa aventura.

Asociado Nº 007 (Secreto)

 

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