Costumbres y beldades

p20 - Cosquin 2Escribe: Pepo Garay
Especial para EL DIARIO

Folclore: queda claro que cuando se habla de Cosquín, se habla de música. La sede del Festival Nacional del Folclore airea sentimientos de zambas y chacareras por todos sus poros, en una práctica que lejos está de ser exclusividad de las lunas de enero. En el sur del Valle de Punilla, los bríos del evento perduran a lo largo del año, merced a una población que de tradiciones las sabe lungas, pregúntenle a los changuitos que salen del colegio y se van a las clases de malambo.

A tono con ese perfil, las calles del barrio San José Obrero exhiben nombres como Alfredo Zitarrosa, Atahualpa Yupanqui, Chango Rodríguez o Cuchi Leguizamón, y las del centro van embellecidas de guardas gauchas, formando “Esquinas Homenaje” a leyendas de la talla de Horacio Guarany, Los Chalchaleros, Eduardo Falú o Jorge Cafrune. También dan fe de la raigambre telúrica las estatuas dedicadas a Mercedes Sosa y al mismo Yupanqui, la Peña La Negra, confiterías legendarias como la Nueva Real (histórico punto de encuentro de cantores) y La Europea (hogar de la primera peña coscoina), y naturalmente, la mítica plaza Próspero Molina.

Estancias: con todo, el talante campero no se remite sólo a las acuarelas que pintan bombos y guitarras. La prueba más contundente de aquello son las varias estancias que habitan las cinturas de Cosquín. Se trata de añejas construcciones que, en modos rurales y perfumes bucólicos, reflejan la historia de todo un pueblo.

En ese sentido, hay que citar quintas como la Próspero Molina (construida en los alrededores del año 1840), La Niña Rubia (de 1875, la rodea un campo de cuatro hectáreas), la Victoria (fines del Siglo XIX, en su momento dio trabajo a más de un centenar de familias), La Huelga (hoy sólo se conserva la vivienda, ubicada en pleno centro), la Vílchez (cuyo sector más antiguo fue erigido a principios del Siglo XVII, siendo por definición el primer asentamiento de la Villa de Cosquín) y la Pedro Ortiz.

 

Balnearios:

El río Cosquín atraviesa floreciente el semblante cortés de la ciudad, y a su paso deja un surtido de balnearios. Hay una docena para disfrutar, ya sea en la necesidad de aplacar el calor, o en la de darle caricias al mirar cuando aprieta el frío. ¿Nombres propios?: Piedras Azules, La Toma, Azud Nivelador, Onofre Marimín, San Buenaventura, Santa Teresita, Juntura de los Ríos…

Este último destaca por descansar en el punto exacto en que el Cosquín se pierde entre el Yuspe y el San Francisco, lindero a la Reserva Ecológica Cuenca Hídrica del Río Yuspe. Más de ambiente serrano, de agua cristalina chocando las piedras, y de redención.

Pan de Azúcar: dominando el paisaje circundante, como un gigante manso y sabio, bello y exuberante, el Cerro Pan de Azúcar corporiza uno de los principales atractivos de la zona. Su figura se aprecia desde cualquier punto de Cosquín, que se jacta de tenerlo al lado, y ser su mejor amigo. Al tirarse a tomar mate en la céntrica plaza San Martín (por ejemplo), el viajero no sólo contempla el movimiento popular, sino también la figura de la montaña y sus casi 1.300 metros de altura.

Para llegar a la cima desde la médula urbana, hacen falta recorrer unos ocho kilómetros en subida (cuatro son de asfalto), que sobre el final arremeten con curvas y múltiples verdores. Una vez en la cúspide de la zona central de las Sierras Chicas, aparece el Complejo de la Aerosilla (también se puede subir con este medio) y espectaculares panorámicas de la ciudad y el valle.

 

 

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