“Es muy importante para un músico ciego poder alfabetizarse”

Elvira compartiendo música en el Rectorado junto a Guadal, el elenco estable folclórico de la UNVM

La destacada pianista brindó una charla en el Campus ante los alumnos y por la noche actuó en el Rectorado de la UNVM junto a Lulo Barrera, Daniel Barrionuevo y el grupo local Guadal

Elvira compartiendo música en el Rectorado junto a Guadal, el elenco estable folclórico de la UNVM
Elvira compartiendo música en el Rectorado junto a Guadal, el elenco estable folclórico de la UNVM

En los años cincuenta en un almacén de La Falda, una niña que se había quedado ciega empezaba a estudiar el piano clásico. Sin embargo, las severas lecciones diurnas no le impedían encender la radio por las noches y escuchar “la otra música”, esa que emergía de Buenos Aires y empapaba toda la atmósfera de un país, la bruma de un río y, poco a poco, la extensión de un continente. Aquella música no era “de salón” pero las almas sensibles ya percibían su poder y originalidad infinita. Y sabían que, aunque el tango aún no era “música clásica”, un día muy próximo llegaría a serlo.

Entonces, los nombres de Aníbal Troilo y Astor Piazzolla, Horacio Salgán y Osvaldo Pugliese, Mariano Mores y Osmar Maderna, serían citados con el mismo reverencial respeto que el de Johann Sebastian Bach. Esa niña de La Falda, demás está decirlo, era una de esas almas sensibles. A tal punto que, desesperada por anotar las partituras que emergían de la radio y del “hondo bajo fondo” tomaba el rugoso papel conque venía envuelta la yerba y superponiéndolo sobre su pizarra de gomaespuma, iba transcribiendo con un punzón en Braille cada nota. Con el paso de los años, aquellas tres cosas serían la razón de su vida: el piano, el tango y la traducción de las grandes páginas al Braille. Y esa niña, unos sesenta años después, estuvo en Villa María. No sólo “en concierto” sino “hablando a piano abierto” para los alumnos de música de la UNVM, ilustrando cada posibilidad del teclado con un pasaje etéreo de Debussy o un atronador arreglo de Salgán. Y acompañada por el clarinete de otro músico no vidente, su amigo Lulo Barrera. Y así, entre las preguntas de los presentes y este comunicador, surgió espontánea esta entrevista.

 

Luminosa oscuridad

“Vidente es el que tira las cartas y lee las manos; pero el ciego no es un no vidente sino que solamente es ciego”, dice Elvira riéndose de todo. De su discapacidad pero también de los eufemismos del mundo. “De todos los problemas que tengo, la ceguera es el menor. Pero quiero aclarar que antes de ciega soy música”. Y el sonido que sale de su instrumento como un fabuloso testamento clásico-tanguero así lo testimonia. “Sin embargo -agrega- es muy importante para un músico alfabetizarse. Y si es ciego, mucho más. Los ciegos tenemos un sistema de escritura que es la musicografía y que también lo inventó Louis Braille, que parece no le bastó crear un alfabeto sino que también patentó una notación musical. Y esa notación es el único puente que existe entre el ciego y el que no lo es. Por eso es tan importante que el músico ciego la aprenda”.

En lo estrictamente técnico, Elvira afirmó que “en el piano no hay dos manos iguales. Es la fisonomía del que toca el que le da el sonido a la interpretación. Y así tenemos en folclore el piano de Ariel Ramírez, de Adolfo Ábalos o de Andrés Chazarreta. Digo esto porque hace poco entré al mundo del folclore. Lo hice gracias a Raly Barrionuevo y su hermano Daniel, que me invitaron a participar de sus discos. Y en el tango también pasa lo mismo. Tenemos el piano de Mores que es tan ampuloso y que en algunas canciones fusiona la música del campo con la música de la ciudad. O el piano de Maderna, un fantasista que era director de orquesta y que le dio lustre al tango”.

Respecto al maridaje entre la música clásica y el tango que convive en sus manos, Elvira evocó a su primer profesor de guitarra (instrumento que abrazó en sus primeros años). “Carlos Valdés era muy cordobés pero había vivido en La Boca. Y entre las lecciones clásicas de Sagrera se ponía a tocar tangos. Recuerdo que me decía ‘mirá m’hijita, instruite. Yo sé que te gusta mucho el tango, pero antes formate y después tocá lo que quieras’. Y le hice caso. El me contaba de los organitos en la vereda, de la vida de Buenos Aires. Y eso me cautivó. Luego toqué con bandoneonistas viejos, que me fueron llevando de la mano. Carlos Valdés marcó mi vida”.

 

Iván Wielikosielek – Especial

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