Exóticas postales junto al Indico

En la costa sur-oriental del continente negro, la localidad ofrenda pinturas africanas a manos llenas. Coloridas costumbres, ambiente rural y espectaculares playas del archipiélago de Bazaruto

Escribe Pepo Garay
Especial para EL DIARIO

Africa por todos lados. Es lo que brota de los candores de Vilankulos. Una ciudad/pueblo del centroeste de Mozambique que alimenta el asombro del viajero con exóticas pinturas antropológicas del día a día y un océano Indico que allá, en los horizontes, regala una de las playas más asombrosas que el hombre haya visto. Fecunda la propuesta. Y, sobre todo, distinta.  

La localidad es fiel representante de su Patria. Uno de los países más pobres del mundo, que en el sur oriente del continente (pegado a Sudáfrica, usual puerta de entrada para quien va desde tierras gauchas) conserva tradiciones milenarias en los paisajes de su cotidianeidad. La de mujeres llevando canastos de comida en la cabeza, las manos en la cintura. La de patear la tierra de los caminos con los pies descalzos. La de subirse al colectivo agarrando cinco gallinas vivas en una mano y vender dos tras sonoro discurso.

Todo aquello ya se empieza a ver desde las ventanillas, cuando una tráfic destartalada y atiborrada de gente (al último pasajero, un anciano de 80 y largos, no le quedó otra que subirse a las faldas de una desconocida) recorre las polvorientas rutas de Mozambique mostrando un universo lejano, muy lejano.

Son unas 10 horas con rumbo norte desde Maputo, la capital. Diez horas de cultura tsonga (una de las principales etnias locales), de la musicalidad de lenguas bantúes (mezcladas con portugués, el idioma de los colonizadores, los que llegaron por primera vez a fines del siglo XV), de sabanas con tierra rojiza, chozas de caña de bambú, aroma rural y, dos por tres, el mar que se asoma.

 

Hacia el paraíso

Ya en la aldea, el cemento resquebrajado y la dejadez general cuenta de una cruenta guerra civil (¿cuál no la es?) que duró desde 1977 hasta 1992 y que dejó heridas muy difíciles de borrar en esta gente buena y relajada. El punto fuerte del paseo es justamente ese: caminar, charlar, conocer e inmiscuirse en un escenario tan distinto al que casa nos tiene acostumbrado. De paso, probar el atún asado en cualquier puestito callejero (una verdadera delicia), para luego caminar con rumbo al mar.

Allí, en la costa, los pocos extranjeros que residen en Vilankulos tienen su puñado de posadas económicas para “mochileros” (los célebres hostels), en un ambiente tropical y despreocupado que combina con todo. Una vez en la arena, vuelven a brillar los aldeanos, quienes desde temprano se posan en la playa a la espera de que suba la marea. Cuando el agua está a la altura, parten, las velas tendidas al viento, las barcazas de madera crujientes y estoicas. Volverán al día siguiente, si su dios lo quiere, con las alforjas repletas de peces y océano.

Otros pocos barquitos (casi igualitos a los de los pescadores) llevan al turista al archipiélago de Bazaruto, una joya natural formada por seis islas (Bazaruto, Banque, Benguerra, Magaruque, Shell y Santa Carolina).

Surgen las playas imposibles, la arena tan finita y radiante, el agua transparente aquí y turquesa allá, los arrecifes de coral y los pececitos de mil colores. Entonces, es hora del buceo, de patear la isla a la sombra de las palmeras, de tirarse al sol y a la gloria. Con Africa al frente. Y aquí mismito.

 

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