Fiero ese pisco

piscoPor El Peregrino Impertinente

La vida tiene cosas muy feas: la guerra civil, la hambruna infantil, la cara de Gallardo… También, hacerle fondo blanco a un vaso y darte cuenta segundos después de que ese líquido transparente que tenía adentro era pisco. Una bebida de nombre horrible, aroma horrible y gusto horrible. Ideal para regalarle al verdulero de la esquina, laucha bípeda de un metro 70 que aguarda sigilosa nuestra más mínima distracción y ¡zas!, se nos fue el aguinaldo en medio kilo de zapallitos, tres naranjas y uno de esos mix de semillas que son más deprimentes que irte a Las Vegas con Martín Gill.

Pero nos quedamos en el pisco. Un aguardiente de uvas que, además de sus ya citadas propiedades, es ícono popular de Chile y Perú. En ambos países la bebida es considerada un emblema nacional, al mismo nivel que Víctor Jara (Chile) o Mario Vargas Llosa (Tercer Reich).

Allí los locales lo beben con Coca-Cola (el famosa “piscola”) o bien puro (el famoso “¿acaso mi plata no vale?”). También, en formato “pisco sour”. Este último es un trago más sofisticado, preparado con jugo de limón. “Claro, con Pritty”, suelta el típico cordobés, cuya pregunta más existencial es por qué las bodegas gastan en tetra brick cuando el vino tranquilamente se puede meter en bolsa.

Lo cierto es que tanto chilenos como peruanos se consideran los creadores del pisco, en una batalla dialéctica y de honores que lleva siglos de controversias y ninguna conclusión. Allí es donde interviene el trasandino: “Pero, weón, si el pisco es más shileno que el Arturo Vidal y el Alexis Sánchez juntos”. Ya tenía que venirnos con fútbol el muy ladino.  

 

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