La vida «a la gorra»: haciendo malabares para subsistir

Uno de los malabaristas “a la gorra” en plena acción, ayer a la tarde, en el semáfo de la esquina de bulevar Sarmiento y Sobral

Malabaristas, payasos, equilibristas, le cambiaron la cara a la ciudad  con su circo ambulante. Y la mayor parte de la gente lo agradece mucho. Llegan de todas partes, como aves migratorias, y abren la puerta para ir a jugar en los semáforos de la Villa a cambio de una moneda

Uno de los malabaristas “a la gorra” en plena acción, ayer a la tarde, en el semáfo de la esquina de bulevar Sarmiento y Sobral
Uno de los malabaristas “a la gorra” en plena acción, ayer a la tarde, en el semáfo de la esquina de bulevar Sarmiento y Sobral

Elías, Brian, Roberto… como pájaros; como gorrión, golondrina, benteveo. Se posan sobre la senda peatonal en los semáforos para alegarte la espera, para hacerte pensar en otra cosa, para que te olvides del cheque que rebotó, del dolor de cabeza, de que hace calor, de que te levantaste temprano. Hacen malabares, piruetas con clavas, con fuego, con monociclo, hacen payasadas, durante los segundos que dura la luz roja. Sólo quieren la libertad; como los pájaros, quieren volar y hacerte volar a cambio de una moneda.

Estos chicos le cambiaron la cara a la Villa.

Elías, además, se llama Rafael y se apellida Disabatto, tiene 19, es de Río Cuarto y llegó a esta ciudad buscando la libertad y siguiendo sus bandas favoritas. Y encontró el amor, y va a ser papá, y se quedó. Aprendió el arte de los malabares con clavas y pelotitas.

“Esta ciudad es hermosa, y la gente es muy solidaria; siempre te dan dinero, te dan comida, te dan consejos”. dice.

Roberto, con su look de payaso, pelotitas en el aire y la mirada atenta
Roberto, con su look de payaso, pelotitas en el aire y la mirada atenta

Brian es también Joel Barzola, tiene 22 y salió desde Mataderos, Buenos Aires, “en bicicleta. Quería llegar a Bolivia, pero cuando llegué acá me di cuenta que no iba a poder seguir en bici. Me alojé en la casa de unas personas que conocí a través de una página para mochileros y que hospedan gente. Me quedé unos días y después me fui a la calle. Eso sí, les dejé la bici. Es muy estresante viajar en bicicleta, armar la carpa y dormir con una mano afuera, teniendo la bici para que no te la roben. Prefiero ir así, más relajado”.

Roberto es sólo Roberto, tiene 37 y viene de Esperanza, Santa Fe. Se pone una nariz de payaso, una peluca y sale a robar sonrisas.

Un nene saca la mano por la ventanilla de atrás de un coche y le da un billete.

Verde: minutos para hablar con el cronista. Vuelve a la vereda.

Elías conversa con EL DIARIO mientras Brian se prepara para salir a escena
Elías conversa con EL DIARIO mientras Brian se prepara para salir a escena

“Yo vendía antigüedades en Esperanza, pero ya no daba para más, y necesitaba cambiar. me habían invitado ya a salir a la calle a viajar y la última vez, me enganché. Y acá estoy. Esta ciudad es increíble. Un día iba caminando y de una casa salió una mujer y me dijo, oiga, hippie (con todo respeto ¿no?) ¿tiene hambre? Yo la miré asombrado…”

En este punto se hace difícil explicar la cantidad y variedad de muecas y gestos que hace Roberto para relatar su asombro ante la pregunta de la mujer.

“Y me regaló cinco porciones de pizza. Otra vez, por ejemplo, un hombre que me vio en la peatonal vendiendo artesanías me invitó a tomar una cerveza. Hay gente muy copada en esta ciudad.”

Todos, a coro, reafirman lo dicho por Roberto.

Brandon Núñez tiene 22 y es de Rosario.

El juega con fuego, con clavas con fuego y cadenas, es un espectáculo.

“Yo pasé problemas familiares cuando era chico y tuve que dejar la escuela para laburar, vendiendo estampitas, limpiando vidrios… hasta que aprendí esto, Apenas pude, a los 17, empecé a viajar. Cada tanto vuelvo a mi casa, estoy unos días y vuelvo a la calle. Rosario no está bueno; me gusta la vida más tranquila”

“Cada uno tiene sus cosas y su historia. Cada uno tiene sus temas”, apunta Elías.

“Pero a todos nos mueve el mismo interés: el arte, la libertad, la autosuperación, la felicidad”, agrega Brian.

Y Juan, que es de La Pampa y tiene 35 años, aunque está con ellos, permanece callado. Y, hay que decirlo, tiene un aspecto más corriente, si se quiere.

El cronista lo invita a acercarse al grupo con un gesto y lo interroga con la mirada.

“¿Y vos?”

Juan: “Yo estoy con ellos, convivo con ellos, pero soy albañil”

“¿Cómo encontrás trabajo?”

Juan: “Me mando en la primera obra que veo y me ofrezco. Y me ocupan, me emplean”.

 

A orillas del río

Cómo pájaros, viven a orillas de río. Allí arman su ranchada y comparten lo que tienen.

“Nadie nos molesta ahí; estamos bien y tampoco molestamos a nadie. Cada tanto, algún inspector municipal o un policía que se toman demasiado a pecho su cargo vienen a querer sacarnos, pero no pueden, porque el lugar es público. Setenta metros a cada lado del río, es espacio público. Algo de leyes sabemos. Eso nos lo enseñó un abogado que tiene su estudio acá en la calle San Luis. Un día, vio que nos querían correr y se acercó y nos explicó eso; que teníamos derecho”.

“Pero no podemos armar carpas, no nos dejan. Ahí, hay que dormir a la intemperie, pero está todo bien, son las reglas de juego, nosotros elegimos esta vida. El único bajón es cuando llueve, que tenés que pasarte el día debajo del puente. Pero bueno, así es esta vida, a la deriva, en el día a día”, apunta Elías.

 

“La gente se copa”

“La gente se copa y te da dinero, en general, aunque hay quienes te bardean, pero son los menos. En general, la gente se copa. Y se puede sacar una platita todos los días. Además, en las panaderías, los almacenes, las verdulerías, siempre te dan para comer. Vos pasás a la hora del cierre y te dan. A ellos les sobra y se echa a perder. Y a nosotros no sabés cómo nos sirve. Incluso para los perros, porque tenemos 15 perros, de la calle, que se nos van pegando y se quedan en la ranchada. El veterinario nos da alimento balanceado y vacunas. Claro, quiere a los animales. Todo a cambio de monedas, Es increíble cómo agradecen el cambio, las monedas, los billetes chicos. Vos le llevás cambio al panadero, al verdulero, al veterinario, al carnicero y ellos te dan billetes grandes y de yapa algo para comer. Entonces te queda la ganancia del día para otros gastos”.

Así es la vida “a la gorra”, la vida del malabarista trotamundos que te regala un truco en un semáforo y te ayuda a que el día sea más ameno, más llevadero, menos hostil, a vos, a usted, a nosotros, que vamos por la vida también haciendo malabares, aunque a veces no nos demos cuenta.

 

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