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Alicia Peressutti acerca de la esclavitud y su relación con la pobreza
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“El problema de la esclavitud es un problema de heladera”

“La gente dice hoy que estamos en la época postsocialista, poscapitalista, posindustrial. A la gente le gusta decir que estamos en la época pos. Pero nunca escuchamos hablar de época pospobreza” (Leonardo Boff).

Si la humanidad dependiera de discursos bonitos y emocionantes, con tantos que se pronuncian este mundo nuestro podría parecerse en mucho al paraíso.

Pero los discursos bonitos corren a un costado una realidad que a veces es demasiado dramática para ser real y esconden bajo la alfombra el sufrimiento de los que realmente sufren.

Todos sufrimos, pero algunos se sacaron todos los premios de la lotería y se levantan, desayunan -si tienen-, almuerzan -si tienen-, meriendan -si tienen- y cenan -si tienen- con la amargura de no saber cómo seguir en este mundo nuestro.

Un mundo cada vez más separado en dos veredas, «el que tiene, es decir, puede» y «el que no tiene, es decir, no puede».

El problema de la esclavitud es un problema de heladera, después podemos teorizar sobre factores socioculturales y demás. En el fondo, después de tres días de debate, vamos a volver al principio, «a la heladera». Es decir, el tema es el mismo, pero con palabras más o menos complicadas.

Después de años de escuchar directa o indirectamente los relatos de sobrevivientes, hay un punto que es común a la mayoría, para no caer en fundamentalismos y decir todos.

«Vi una heladera llena de comida», «me invitó a su casa y la heladera tenía de todo», «en la heladera había helado de chocolate que tanto me gusta y tantas cosas», «tenía heladera, y encima de todo», «en mi casa nunca tuvimos así la heladera», «me mostró la heladera y ahí me pudo», «qué sé yo, ¿lo primero que miré? La heladera».

Al comienzo, pareciera que el gancho para atrapar víctimas son la promesas -indudablemente falsas- de amor, cuidado, trabajo, etcétera, pero en el fondo o el trasfondo, esas promesas lo que garantizan es una heladera con los alimentos que cada uno considera que debería estar repleta.

Una vez una nena me dijo que soñaba con una heladera cuya puerta cerrara apenas de «tantas frutillas». Cada quien le pone lo que le significa.

La heladera es el origen y el final, y todo aquel que recluta o convence lo sabe. No sólo tener para comer, sino tener para comer lo que me gusta.

La humanidad hace miles y miles de años intentaba conseguir el alimento que conocía o tenía más a mano. Pero ahora, en medio de tanto consumo desenfrenado, los chicles con azúcar de Colombia, los chocolates con manteca de China, los helados con castañas de Sudáfrica, se transforman en necesidades, que quizás no sean tan necesarias para quienes los pueden comprar, pero aparecen como imprescindibles para quienes no pueden acceder.

El problema de la esclavitud es un problema de heladera, es decir, el problema de la esclavitud es la «pobreza».

Alicia Peressutti

 

Reflexiones y agradecimientos

¿Por qué nuestro hijo no está físicamente ya con nosotros? Esta es una pregunta que en estos días nos hacemos permanentemente.

Dios se lo ha llevado a su lado y nos ha privado de seguir compartiendo nuestras vidas junto a él, aunque sabemos que siempre estará acompañándonos en cualquier lugar donde estemos, que siempre lo recordaremos en su plenitud con lágrimas en los ojos y seguramente que siempre trataremos de poder encontrar una respuesta satisfactoria a esa pregunta.

Por allí nos cuestionamos si como familia hemos hecho algo mal en la vida para hoy tener que sufrir con dolor la pérdida de nuestro hijo, por allí cuestionamos si él merecía irse físicamente y también a veces tratamos de convencernos de que cada uno de nosotros tiene asignada por Dios una misión y cuando la cumplimos, el Señor nos lleva con él.

¿Cuál era la misión de Javier en esta vida? Ante su muerte sabemos que nos brindó alegría a nosotros durante toda su existencia, desde niño con su ejemplar paso por la escuela primaria y secundaria, luego por su responsabilidad en la carrera universitaria, desde niño cuando un día nos dijo “quiero jugar al fútbol” y desde los 7 años hasta ya casi 30 años jugó en su querido Club Argentino, ya más grande cuando formó una familia y nos dio dos maravillosas nietas. Pero ante su muerte hemos podido comprobar que también fue bueno con sus compañeros, que mucha gente lo apreciaba y que también a muchos de ellos se brindó desinteresadamente y les dio la alegría que él tenía interiormente, aunque quizás en los últimos años de su vida estaba sufriendo, también interiormente, pero no lo demostraba.

Creemos que fue un buen trabajador, que cumplió con su trabajo de la mejor manera posible y logró el respeto de quienes lo trataron, aunque quizás también por su enfermedad y situación familiar en los últimos años ya no era el mismo y a veces ello repercutía en su quehacer diario.

Era en la cancha un buen defensor, pero no pudo defender su vida, quizás, como dijo un periodista, descuidó la defensa para irse al cielo a cabecear un córner en esa inmensidad.

Lo vimos luchar contra su enfermedad que en dos meses no le dio ninguna chance, él se conformaba sólo con un 1%, pero no la tuvo. A quienes lo conocieron podemos decirles que trató de luchar, pero se dio cuenta de que la batalla estaba perdida, se despidió de distintas maneras de nosotros y de sus hijas y jamás podremos olvidar ese momento dramático de la Navidad cuando estando internado, delante de nosotros, le dijo a la doctora: “Esta es mi última Navidad”.

Muchos lo ayudaron, muchos oraron por él, muchos tenían fe en un milagro, pero finalmente Dios se lo llevó.

A todos los que lo ayudaron y nos ayudaron, a sus compañeros del fútbol, a sus compañeros de la vida, a sus compañeros del trabajo, a los funcionarios de la Municipalidad, a quienes le dieron la posibilidad de tener un trabajo digno, a quienes donaron sangre para que pudiera defenderse mejor, gracias por todo lo que hicieron.

Nosotros sabemos que él desde el cielo, como lo hizo en vida cuando estaba luchando, les va a pedir perdón por haberles fallado en esta contienda.

Familia de Carlos Javier Domínguez

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