Nella Bonfiglioli, musa y guardiana

Nella contó que su padre la ponía a “calcar” guardas en el garaje de su casa; las que al otro día “pasaría” a las columnas de la Catedral, el Cine Alhambra o los Trinitarios

En octubre del año pasado, dejó de existir la hija del máximo pintor villamariense. Tenía 86 años y había dedicado más de medio siglo a restaurar, reunir y cuidar la obra de su padre. Fernando la había tomado de modelo para varios ángeles y representaciones de la Virgen Niña

Nella contó que su padre la ponía a “calcar” guardas en el garaje de su casa; las que al otro día “pasaría” a las columnas de la Catedral, el Cine Alhambra o los Trinitarios
Nella contó que su padre la ponía a “calcar” guardas en el garaje de su casa; las que al otro día “pasaría” a las columnas de la Catedral, el Cine Alhambra o los Trinitarios

Se dice que detrás de cada gran hombre hay una gran mujer. La frase, que ya es un lugar común, hace referencia a las esposas de los “grandes hombres”: Josefina de Napoleón; Gala de Dalí; George Sand de Chopin o Yoko Ono de Lennon. Sin embargo, en algunos casos las grandes mujeres no son las esposas sino las madres del “gran hombre” (Borges y Baudelaire), las hermanas (Mozart y Kafka) o las hijas, como el caso que nos compete. Y es que Nella Bonfiglioli fue musa y guardiana de la obra de su padre, Fernando Bonfiglioli (FB).

La entrevisté por primera vez en el año 2000; trabajando para la revista de una tarjeta de crédito. Aquella vez me hizo pasar a su casa, me habló con devoción de “papá” y me contó que de niña, además de ser “modelo de varios ángeles o imágenes de la Virgen Niña”, don Fernando la ponía a “calcar” guardas en el garaje de su casa; las que al otro día “pasaría” a las columnas de la Catedral, el Cine Alhambra o los Trinitarios. La segunda nota fue en septiembre del año pasado y a raíz de una muestra de FB que organizó con la Asociación de Amigos del Museo. Con 86 años recién cumplidos, volví a entrar a su casa. Y ella, que no se acordaba de aquella nota de 15 años atrás, me contó cómo había comprado un óleo de su padre en un hotel de Córdoba, de otra que tenía vista y de sus ansias de reunir bajo su propio techo toda la obra desperdigada de FB. “Porque cuando éramos chicos él pintaba para vivir y vendía sus telas a precios irrisorios”.

Doy fe de haber sido la última persona que la entrevistó puesto que Nella falleció pocos días después de aquella muestra en el híper Libertad. Aún recuerdo que, al hacerme una visita guiada por su casa, me llevó a su pieza. Allí había un cuadro con motivo religioso, un ángel pintado por su padre. “Bajo ese ángel nací, bajo ese ángel me casé y bajo ese ángel moriré”, me había dicho, acaso premonitoriamente.

 

El tiempo también pinta

La semana pasada, entrevistando a la restauradora cordobesa Marcela Mammana (especialista en devolverle la vida a los fabulosos murales de Bonfiglioli de la Catedral y los Trinitarios), me comentó que “de no haber sido por Nella, no sé si la obra de su padre hubiera sobrevivido. Me fue a buscar a Córdoba hace 20 años y me dijo: no quiero morirme sin ver los murales de la Catedral restaurados. Por suerte pude concluir y ella estuvo muy agradecida. Me hubiese gustado que estuviera viva mientras restauro lo que para mí es la obra cumbre de Bonfiglioli; sus frescos de los Trinitarios. Y sobre todo que lea la carta de felicitaciones que me mandaron desde Bologna sobre la obra de su papá. Eso la habría hecho muy feliz”.

Hay una frase de Goya que más que frase es una poética; dice “el tiempo también pinta”. Vale decir que hay obras cuyo significado se hace más profundo según pasan los años. Y parafraseando a Goya, habría que decir que “el tiempo también despinta”; o que borra y destruye la inmensa mayoría de las obras. Y contra esa fuerza devastadora de la entropía luchó Nella desde la muerte de su padre en 1962; poniendo dinero de su bolsillo para restaurar murales, comprando cuanta tela de FB aparecía a la venta; prestando su colección personal para el museo; dando charlas; comentando secretos técnicos de pigmentos o divulgando la biografía de un hombre que, de no haber mediado su persona, quizás hubiese pasado desapercibido.

El tiempo también pinta, es una gran verdad. Y aunque una nena de doce años no sepa agarrar el pincel, habría que decir que esa nena ha pintado también. Porque su voluntad de hierro se convirtió en color puro contra el tiempo que todo lo destruye. No sería descabellado decir que, hoy por hoy, el copyright de los frescos más famosos de la ciudad debieran contar con la firma del padre y de la hija así: Fernando y Nella. Una sociedad que le ha dado a los villamarienses un corpus pictórico digno de un pintor del renacimiento; un patrimonio artístico de un valor incalculable.

Iván Wielikosielek

Especial

 

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