Primor de los Valles Calchaquíes

Rodeado de cerros y de la belleza característica de la región, el pueblo conserva la herencia indígena en sus gentes y la estética colonial en sus construcciones 

p20 CachiEscribe Pepo Garay
Especial para EL DIARIO

Como un sueño de viajeros es Cachi. Pueblo primoroso si los hay, alejado de los circuitos más populares y engalanado en cambio con una doble e irresistible virtud: el encanto per se de sus callecitas de marcada raigambre indígena y colonial, y el rededor montañoso profuso en postales norteñas.

Ubicado en la plenitud de los Valles Calchaquíes y de la provincia de Salta, a casi 2.300 metros de altura, 170 kilómetros al suroeste de la capital provincial (Quebrada del Escoipe, Cuesta del Obispo y Parque Nacional Los Cardones mediante) y 1.120 al norte de Villa María, la aldea muestra lo suyo en un parpadeo. Chiquito es el centro urbano, pero lo suficientemente atractivo como para recorrerlo una, y otra, y otra, y otra vez.

En principio, porque las adormecidas arterias van adoquinadas y bordadas a los costados por construcciones de piedra y adobe, algunas sobrevivientes de la fundación (siglo XVI). Los muros lanzan colores claros y entrañables, de edificaciones a una sola planta que mejoran el ingreso del cielo y el sol. Algunas sirven de hostería, otras de restaurantes, un par de almacenes. Las más tentadoras llevan adentro hogares y paisanos comunes y corrientes.

Son ellos los que miran desde el respeto y los silencios, que aquí todo el mundo es muy de callar ante la presencia foránea. Introvertidos con el extraño, los locales son no obstante dicharacheros entre ellos. Se los ve dando vida a extensas charlas en los alrededores de la plaza 9 de Julio, muy sentados haciendo sus quehaceres y labores, riendo de lo lindo.

Llevan en los rasgos la herencia de los antiguos cachis y en el alma el buen humor salteño. E incluso el fuego: hay que ver el espectáculo que despliegan cualquier día de semana, mascando la hoja de coca y tomando el vino en alguna cantina escondida y dándole al bombo y a la guitarra como si no hubiera mañana.

Pero hablábamos de la plaza y hacia allá hay que volver. La opción es disfrutar lo pintoresco del cuadro en las mesitas del bar o despatarrarse en un banco a la sombra de las tupidas arboledas. De frente, enamorará la Iglesia San José (siglo XVIII, paredes de adobe, cimientos de canto rodado, techo de madera de cardón) y, pegado, el precioso edificio del Museo Arqueológico (con sus galerías y su interior repleto de huellas de los primeros habitantes de la zona). Al fondo destaca la magia de las montañas áridas y luminosas de los Valles Calchaquíes, gigantes minúsculas en comparación con las otras, las que descansan en el oeste.

 

Un nevado y un cementerio

Y es que en el oeste, justamente, aparece el Nevado de Cachi. Impresionante cadena montañosa compuesta de nueve cumbres, entre ellas la del Libertador General San Martín y sus 6.380 metros de altura. La base se encuentra a unos 70 kilómetros del pueblo (engaña a la vista del recién llegado, que contemplándola desde la “urbanidad” la intuye a la vuelta). Hacia allí van los montañistas, venidos de todos los rincones del mundo.

El viajero menos intrépido se conformará con caminar las adyacencias de Cachi y siguiendo las aguas del río homónimo, descubrir sitios arqueológicos como Las Pailas (a 16 kilómetros de la plaza) y El Tero (a sólo dos kilómetros de la explanada). En ellos, surge todavía más pura el aura de los diaguitas y su idilio con la Pachamama.

Algo similar ocurre en el cementerio local, donde los difuntos duermen eternidades acompañados de una botella de gaseosa, un puñado de arroz, los tres o cuatros caramelos que sus familiares le dejaron para el largo viaje. Ubicado en la cima de una pequeña colina, el hechicero rincón sirve también de balcón natural. Plataforma ideal para volver a admirar el trazo de los Valles Calchaquíes y la arrebatadora simpleza de Cachi.

 

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