Arabe, beréber y europea

P25-f1Escribe Pepo Garay
Especial para EL DIARIO

Corría el meridiano del Siglo XVIII cuando el Sultán Sidi Mohamed ben Abdellah dio la orden de construir un puerto con todas las luces en el noroeste de Marruecos, que lo que le hacía falta al terruño era conectarse con el planeta. Pocos oros le han quedado de aquellas épocas gloriosas a Esauira, una ciudad de 70 mil almas que, sin embargo, aún cobija las edificaciones añejas, decadentes y hermosas de épocas mejores, tesoro desplegado en un casco histórico inundado de colorido humano y herencias europeas. El resto lo hace el Atlántico, colosal, que también explica las bellezas de este punto perdido del mapa, y los quehaceres de sus gentes.

Y ahí está la medina, dispuesta a convencer a cualquier viajero que se precie. Un conglomerado de callejones enrevesados y hechiceros, de viviendas a dos, tres y cuatro plantas que los convierten en pasadizos, en un juego de la mente y de los tiempos. Por momentos, el forastero se siente inmerso en una leyenda oriental. No es para menos, rodeado de una arquitectura en la que se repiten arcos y torres, de mucho blanco y detalles de azul, de mucha sabia islámica, la de la Gran Mezquita por caso.

Con todo, el escenario no es monopolio del árabe ni del beréber, los dos grupos étnicos que dominan la nación africana. Lo dicen las construcciones con marcado estilo francés, legado de los galos a su paso imperial por el norte continental. Aquello se ve sobre todo en las murallas que fortifican la ciudadela, las varias puertas de aire neoclásico que hacen de umbral a la parte vieja, la plaza Moulay el Hassan (muy abierta al cielo, con el cemento impoluto al medio, al estilo de las explanadas de Europa) y fundamentalmente el par de “skalas” o fortalezas (la de la “Ville” y la del Puerto), que estelarizan el plano.

 

Paisanos del Atlántico

Los que no tiene ni un ápice de pintas occidentales son los paisanos. Hombres barbudos vestidos de enterizos blancos y gorritos haciendo juego, se mezclan con mujeres gritonas enfundadas en túnicas y pañuelos (menos común es encontrar las que van ataviadas de los célebres burkas, que les cubren incluso el rostro). Todos invaden la ancha calle central, peatonal como todas las arterías de la medina.

El resultado es un espectáculo antropológico de movimiento incesante, las lenguas beréber y árabe haciendo de guías, y el aroma de las especias que salen de abajo de los toldos. Las gallinas vivas cacarean en las jaulas, acaso conociendo su destino de cacerola. Los pescados de mil tipos yacen sobre tablones de madera, y al viajero lo conectan con el mar.

Entonces, hay que ir al puerto, y seguir disfrutando los muros y torres de las ya citadas “skalas”, con la postal que componen barquitos y fulanos tirando las redes en medio de atardeceres increíbles, al son de mil millones de gaviotas que invaden los cielos anaranjados, los atalayas y las barandas de desgastada y respetable roca. Aquí también el meneo popular es una constante, y da gusto pasársela como muchos de los locales, charlando y mirando, dejando el trabajo para mañana.

De seguir la línea del océano algunas cuadras hacia el sur, aparece una playa infinita que trae conexiones con el desierto, cuya relativa cercanía se pone de manifiesto en el paso de algunos camellos, los que pilotean hombres de túnica invitando al turístico paseo. Arriba, algunos extranjeros practican el kitesurf, modalidad que aprovecha los fuertes vientos alisios de la zona para surfear las alturas con paracaídas. Peculiar imagen, como la mayoría de las que habitan la exótica Esauira.

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