Arriba en mi calle se acabó la fiesta

A un mes de haber asumido en la Casa Rosada, el presidente Mauricio Macri conoció el “sabor del polvo” en diversas oportunidades. En una sociedad que en su mayoría tiene una visión esperanzadora todavía, el mandatario tendrá que afilar bien la punta del lápiz para evitar que los conflictos le desgasten el romance con sus votantes

p7-f1Escribe NET
De nuestra Redacción

La emoción del triunfo no es eterna. Tiene su breve duración y a pagar el costo del beneficio logrado. Como en todos los órdenes de la vida, las fiestas se terminan y la realidad golpea, a veces suavemente, a veces con dureza en pleno rostro.

Como dice la canción de Serrat: “Y con la resaca a cuestas vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas.

Se despertó el bien y el mal, la pobre vuelve al portal, la rica vuelve al rosal y el avaro a las divisas”.

A un mes de la llegada del presidente Mauricio Macri a la Casa Rosada, ya no queda nada de los carteles ni del manto de guirnaldas.

Hoy, el mandatario enfrenta las “miserias” que no duermen nunca, esas que están siempre alertas para defender sus intereses, ya sean legales, ya sean de estructura mafiosa.

No vamos (desde esta columna) a poner en duda las buenas intenciones del mandatario nacional que fue elegido en un proceso democrático, superando varios comicios (primarias, primera vuelta y balotaje) y obteniendo el respaldo de más de la mitad de la población.

La decisión de las urnas debe ser respetada por todos y poner en tela de juicio la figura presidencial no es lo más saludable para quienes son defensores de la democracia.

Sí podemos decir con preocupación que Mauricio Macri conoció el “sabor del polvo” en diversas oportunidades durante el primer mes de gestión.

No podemos olvidar que asumió en un clima hostil y de tensión con el fuerte rechazo de un sector que continuará “defendiendo las banderas” del gobierno saliente de Cristina Kirchner.

Tal vez ese panorama complejo y desfavorable, en parte, lo llevó a “realizar demostraciones de autoridad” cumpliendo varios de sus ejes de campaña a través de decretos y entrando en un ojo de tormenta que deberá pilotear en los próximos meses.

Pero vamos por parte. El presidente viene de un partido que está muy lejos de las prácticas políticas tradicionales.

Creó su propia fuerza después de la crisis de 2001, intentando ofrecer a la sociedad, que pedía que “se vayan todos”, nuevos aires y no le fue mal en sus primeros pasos.

Logró sentarse en el sillón de jefe porteño y mostrarse como el rostro “del cambio” en un circuito que lo acompañó desde 2007 en adelante.

Su mensaje, acompañado de una alianza con la UCR y otras fueras políticas, llegó al grueso de una sociedad que “estaba necesitando oxigenarse”.

No es casualidad que Macri llegara a lo más alto del poder en tan pocos años.

Esta cara de la moneda es un análisis que en su momento tendrán que hacer los partidos que han estado en el poder durante el siglo pasado y el primer tramo de este siglo, caracterizado por las transformaciones y el avance de la tecnología. Un siglo que parece no estar en sintonía total, a la luz de los resultados, con ciertos discursos del pasado.

Macri llegó a cumplir su sueño de ser la autoridad máxima de Argentina y hoy tiene el enorme desafío de “aprender que no sólo se resuelven las cosas con gestión, sino también desde la política”.

A los pocos días de asumir tuvo su primer tropiezo con el error de pretender “designar dos jueces de la Corte” mediante un DNU.

Más allá de los rumores que indican que “fue una estrategia para desarticular una futura movida del kirchnerismo”, al presidente le costó una jaqueca totalmente inútil.

Sobre todo teniendo en cuenta que un punto central de su mensaje fue proponer “el arte del acuerdo”.

Recibió críticas de sus propios aliados, de constitucionalistas y obviamente de una oposición que “está esperando” sus pasos en falso para salir al ataque. Incomprensible pero cierto. Son las reglas del juego.

Después del tropezón tuvo una actitud, y hay que destacarla, de retroceder y dejar que las designaciones se concreten en el Congreso.

A Macri parece costarle caminar con soltura por la cornisa que ha transitado el peronismo, partido que marcó la cancha en los últimos 30 años de democracia.

Pero las astucias de un sector de la dirigencia política no son los únicos obstáculos que enfrenta.

La estructura mafiosa que se mueve con cierta tranquilidad, como quedó en evidencia estos días, es otro de los graves problemas que el presidente tendrá que resolver, si puede, durante su mandato que apenas tiene un mes de vida.

 

Verano caliente

A Macri le espera un verano más caliente que el vivido en diciembre y los primeros días de enero.

Los resultados de las medidas económicas impulsadas en diciembre están entre las expectativas que pueden determinar la diferencia entre un camino de rosas y uno de espinas.

Una de las claves para sostener el romance con la sociedad que lo votó y confía en sus promesas de “cambio” es en qué medida los “bolsillos” se verán afectados.

La especulación de cierto sector del empresariado es una constante que todavía no se transformó en variable.

El nivel adquisitivo de los trabajadores es otro resorte de vital importancia en el manejo de futuros conflictos.

En ese terreno movedizo, el presidente y su equipo tendrán que demostrar si tienen la suficiente cintura para llegar al arte del acuerdo sin dañar a los más vulnerables.

El “pacto social” que intenta llevar adelante el Gobierno en los próximos días marcará la temperatura del verano.

La represión a las protestas sociales no es una solución para callar los legítimos reclamos de los sectores que viven del trabajo y aportan a que los eslabones más sensibles de la economía no se rompan. La producción va de la mano del consumo y el consumo va de la mano del poder adquisitivo.

De la Nación también depende el otro circuito económico elemental: las necesidades de gobiernos provinciales y municipales que piden a gritos ayuda financiera para, prioritariamente, pagar los sueldos.

Una cosa es clara, más allá de las chicanas políticas. El presidente no es culpable de las situaciones complicadas del país que hoy le toca asumir.

Sí es responsable de las soluciones que vaya implementando en la multiplicidad de temas que están en la agenda del Estado.

Y algunas de esas soluciones, si se toman mirando únicamente las conveniencias administrativas y sin tener en cuenta el factor humano, pueden derivar en nuevos obstáculos.

 

La esperanza

Por supuesto, como siempre, tenemos una sociedad dividida entre los que apuestan a la esperanza, los que presagian catástrofes mayores y los que pusieron pausa hasta ver cómo se van presentando los acontecimientos.

En medio de todo esto, sobrevuelan los buitres de siempre, los sospechosos de siempre, los enemigos de afuera y de adentro.

No será tarea fácil para Mauricio Macri transitar el año 2016, si desea fortalecer los cimientos del apoyo y la confianza que le brindaron en las urnas.

El presidente tendrá que encontrar el equilibrio entre su capacidad “de gestión” y su cintura política para lograr consensos y tomar las decisiones que redunden en una distribución equitativa de la riqueza.

Mucho más, cuando el Congreso retorne a sus funciones y empiece el verdadero debate que es el mejor sustento de la democracia.

A esperar.

 

Textualmente…

“En Pinamar ha quedado claro que el FPV no es el peronismo. Quienes condujeron a la derrota y desconocieron a miles de peronistas por el solo hecho de pensar diferente, no pueden conducir el resurgimiento de la única fuerza política que es opción de gobierno en cuatro años y la alternativa para las elecciones de medio tiempo. Estamos trabajando para consensuar y construir coincidencias”. José Manuel de la Sota en su Facebook.

 

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