Dos naranjas en el árbol de la vida

En noviembre de 1996 aparecía “Con trébol en los ojos” (Editorial Plus Ultra, 150 páginas) la única biografía sobre la poeta Edith Vera. Escrito íntegramente por Marta Parodi, este homenaje en vida fue, además de un maravilloso acto de justicia, el primer “libro solidario” de la literatura villamariense. Sus páginas, rebosantes de compromiso humano, aún brillan como un faro para las generaciones venideras. Las dos mujeres que fueran colegas en el Rivadavia y “profesora y alumna” en un taller, morirían al poco tiempo. Edith en 2003 en un geriátrico y Marta en 2006 en una clínica. Pero las sobreviviría un trabajo monumental donde sus almas serían indisociables, como dos frutos de un mismo árbol en el paraíso. A 19 años de la aparición del libro, Daniel Parodi, esposo de Marta, recuerda la génesis de un trabajo que le cambiaría la vida

 

El living de su departamento en los “monobloks” permanece intacto, como si se hubiera detenido en algún día impreciso del año 2006. Pareciera que en cualquier momento Marta va a entrar con la compra o acaso con un nuevo libro sobre el cual hablarían en la cálida sobremesa de los días. Y en ese decorado de maravillosa espera, pasa los días Daniel Parodi, con el retrato de su esposa de aquellos días (vestido blanco, sonrisa luminosa, aura de fiesta perpetua) sobre la cómoda, con un premio obtenido por Marta “a su incansable labor literaria”, con el prendedor que le obsequiaran a Marta en el Taller de Narración Oral del Peuam. Y de fondo, la fabulosa lámina de una pintura comprada en el “Moma” de Nueva York “la única vez que la pude sacar a dar una vuelta en serio”, dice el hombre. Y en su sonrisa no hay alegría, pero tampoco tristeza, tan sólo la quieta aceptación de un hombre que nada más le pide a la vida tras 53 años ininterrumpidos al lado de su amada. “Porque a Marta la conocí cuando tenía 14 años y hasta los 67 que murió estuvimos juntos. En esos 53 años fue mi única mujer… Sigue siendo mi única mujer… -se corrige. Y tras cinco segundos de silencio que del otro lado del grabador son como cinco horas, el hombre se repone y súbitamente aterriza en la realidad. “Pero vos querías que charláramos de otra cosa, ¿no?”. Le digo que de momento sí, que quisiera saber sobre el proceso de composición de “Con trébol en los ojos”, el libro que Marta escribió sobre la vida y obra de Edith Vera. A lo que el hombre me dice, “el libro que escribimos con Marta… Porque a pesar de que es de ella lo parimos entre los dos… Yo estuve en cada uno de los pasos, desde los primeros apuntes a las pruebas de galera. Incluso lo tipeé varias veces en la computadora. Por esos tiempos no había muchas PC en la ciudad así que yo le pedía permiso a mi jefe en la empresa y él me daba la llave de su oficina. Entonces nos instalábamos de noche con Marta y ella me dictaba. Yo pasaba todo y después imprimíamos y lo repasábamos en casa, donde lo volvíamos a corregir…”.

-¿Y cómo se conocieron Edith y Marta?

-Se conocían del Rivadavia, pero no eran amigas. Sin embargo, muchos años después, Marta se jubiló y empezó a dar talleres. Amaba tanto la literatura que no podía estar sin enseñar. Y entonces se largó primero con un taller de niños. Los alumnos eran mi sobrina y sus amigas, en esta misma mesa. Después empezó con gente mayor en la librería de “El Piojo”, donde había muchos escritores como Griselda Rulfo, de quien se hizo muy amiga. Hasta que un día, sin decir nada, llegó Edith…

-¿Y qué pasó entonces?

-Que todos se quedaron mudos. Entonces Edith le dice a Marta “¿no me recibirías en tu taller?”. Y Marta siempre me dijo que ese día fue grandioso, que no podía creer que una poeta como Edith se hubiera acercado con la humildad que lo hizo, buscando aprender. Lo sintió como una bendición para el taller. Y esa inclusión de Edith generó un “boom”, un antes y un después. Porque ella hizo que el nivel del taller creciera muchísimo. Y Edith no sólo se quedaba con los talleristas grandes, sino también con los chicos, leyéndoles y escuchando lo que escribían…

-¿Y cuándo es que Marta concibe escribir la biografía de Edith?

-Fue cuando pasó al taller del Peuam de la UNVM. En ese interín, Marta le dice a Edith “¿no te gustaría que hiciera un libro con la historia de tu vida?”. Y Edith le dijo “¿cómo vas a hacer un libro conmigo? ¡Yo no soy tan importante!”. Edith sabía lo que valía, pero era muy sencilla. Había andado por todo el mundo, pero si no te lo decía nadie, vos no te dabas cuenta. Y, por cierto, no podía creer que mi esposa quisiera escribir su biografía.

-¿Y cómo la convenció?

-Marta le dijo “¡pero Edith, es fácil! Nos reunimos y vos me contás tu vida. Y yo voy escribiendo y te voy mostrando”. Finalmente, Edith accedió y le dijo “bueno, tenés todo mi material a tu disposición”. Ese material del que hablaba Edith era realmente desconocido. Salvo “Las dos naranjas” que era el único libro suyo que se había publicado y algunas cositas sueltas, todo lo demás permanecía inédito. Edith vivía en esa casa inmensa y llena de cosas en la cual nadie entraba ni había visto nada.

-Y entonces Marta empezó con las entrevistas…

-Sí. Y Edith empezó a venir a casa. Conversaban horas en esta misma mesa y Marta tomaba nota. Edith le contó cosas de su vida que están en el libro y que nadie sabía. Ella era un misterio y lo sigue siendo. No sólo como la maravillosa poeta que fue, sino también por lo que tuvo que vivir. Ella dio clases en el Rivadavia y le dio lustre al jardín de infantes. Pero llegado el momento, no dudaron de echarla a la calle como un perro…

-Eso fue en los 70, ¿no es así?

-Sí, fue en tiempos del peronismo. La echaron porque era de izquierda, pero ella jamás militó en política. Después llegaron los militares y si bien Edith no se exilió, se quedó encerrada en esa casa donde nadie entraba, completamente anulada y sola. Porque por esos tiempos se separó de su marido. Lo peor fue que con la llegada de la democracia no le restituyeron el cargo y nunca le explicaron por qué.

-El libro de Marta, además de contar la vida de Edith, es la mejor antología de sus poemas…

-Edith siempre le traía poemas a Marta y se los leía en unos manuscritos que eran históricos y que todavía conservo. Después Marta le leía a Edith lo que llevaba escrito y le preguntaba qué le parecía. Entonces Edith le daba alguna sugerencia, pero jamás le dijo lo que tenía que escribir. Venía a casa dos veces por semana y almorzaba o cenaba con nosotros. Y siempre traía unos platos sofisticados que hacía con muchísimo cariño…

 

Lucy de Lardit y Marta Parodi en la presentación de “Con trébol en los ojos”, noviembre de 1996
Lucy de Lardit y Marta Parodi en la presentación de “Con trébol en los ojos”, noviembre de 1996

La caída de la “Casa Azul”

 

-Y entonces, una noche de noviembre del 96 se presenta “Con trébol en los ojos”…

-Fue en viejo edificio de Obras Sanitarias (actual Museo Bonfiglioli). Estuvo María Cresta de Leguizamón, de la Universidad de Córdoba; Nelda Abed, del Cedilij, toda la plana del Rivadavia y un montón de escritores locales. No cabía un alfiler. Al libro lo presentó Marta con Lucy Lardit, que también daba clases en el Rivadavia. También estaba el “Cuqui” Soria y mi hijo músico y tocaron. Y por cierto estaba Edith, que dijo unas palabras de agradecimiento.

-¿Y cómo siguió la relación entre Marta y Edith después del libro?

-Se siguieron viendo hasta que Edith se enfermó y entonces los encuentros mermaron mucho, porque Edith dejó de venir a casa. Pero Marta siempre iba a verla, a comunicarse con ella dejándole los famosos papelitos en el capó del auto. Se encontraban en el café “Monsano” porque Edith no la hacía pasar a su casa ni a Marta…

-En esa casa que Edith había donado para un centro cultural…

-Claro. En un tiempo, Edith llegó a tener en su casa una especie de café concert que se llamaba “La Casa Azul”. Y antes de morir, la donó para que se hiciera una “Casa del Poeta”. Pero no fue lo que pasó. Un día, mientras Edith estaba en el geriátrico, Marta pasó por el frente y vio a unos tipos tirando en un conteiner todas las cosas de Edith. Entonces les dijo “¡no tiren esto, por favor!”. Y los tipos le dijeron “señora, nosotros hacemos lo que nos mandan”. Y Marta se metió en el conteiner y empezó a rescatar cosas. Tan es así que dio el aviso y mucha gente vino a juntarlas para que no se perdieran.

Marta en la presentación, junto a Nelda Abed, del Cedilij de Córdoba
Marta en la presentación, junto a Nelda Abed, del Cedilij de Córdoba

-¿Y qué pasó después?

-La casa la demolieron y levantaron un edificio. Fijate vos la falta de inteligencia y sensibilidad de alguna gente en esta ciudad… Tener una poeta de la calidad de Edith y tirarle todo su mundo a la basura… Es cierto que ella había elegido vivir así, de una forma poco ortodoxa. Pero cada cosa que Edith guardaba era un tesoro…

-¿Y cuál fue la suerte que corrió la biografía de Marta?

-Se vendió muchísimo en la presentación y al año siguiente lo vinieron a comprar los chicos del secundario para tomarlo como libro de texto. Pero después se paró completamente. Cuando Marta falleció, me quedaban más de 600 ejemplares en cajas y los empecé a sacar para venderlos y donarlos. Pero todavía me quedan 400 y ya no sé qué hacer. Pensé que ahora, debido a los 90 años del nacimiento de Edith, algunos se iban a interesar, porque “Con trébol en los ojos” sigue siendo la única fuente fidedigna de la vida y obra de Edith. Pero nadie me llamó. He dejado ejemplares en las librerías y donado a las bibliotecas, y si bien algún ejemplar se ha vendido, es muy poco…

 

Testamento para los días de la vida

Entonces le pido a Daniel que me deje su teléfono y su e-mail. Pienso que tal vez los amantes de la literatura que lean esta nota, o las maestras que quieran leer exquisitos poemas infantiles a sus alumnos, o los profesorados que quieran trabajar la obra de una de las más importantes poetas argentinas en sus clases se lo podrían comprar. Y Daniel me dice “anotá todo, mis teléfonos, mi e-mail, mi dirección… Todo…”. Y lo hago (0353) 4520505 y (0353) 154-242889. Y el e-mail: armacias7@hotmail.com.

Cuando esta nota se termina y el grabador se apaga, le pregunto a Daniel por los últimos días de Marta. “La tenían que operar del corazón. Fue en 2006. La operación fue un éxito, pero al otro día se le había producido un ateroma en el cerebro y tuvo un ACV del que no volvió a despertar. Estuvo 18 días en terapia y para mí fueron 18 días en el infierno. Lo peor que le puede pasar a un hombre me pasó a mí durante esos 18 días. No la podía ver en la cama en estado vegetativo. Mi sobrina me decía “tenés que pedirle a Dios por su vida”. Y yo le dije “¡Yo le pido a Dios que se muera! ¡Porque no puede quedar así una persona con semejante vitalidad”. Y tras una pausa, Parodi prosigue su relato.

“Marta estaba tan preparada para la muerte, que antes de entrar al quirófano me tranquilizó a mí. Parecía que en vez del quirófano se iba de viaje, cosa que a lo mejor haya sido cierta… Incluso me daba instrucciones para que le devolviera no sé qué vestido a su hermana. ¡Y la estaban llevando a operarse del corazón! Cuando ella murió, mi sobrina me dijo: “No te quise decir nada, pero fijate en la libretita que hay en su escritorio”. Me fijé y ahí vi de puño y letra de Marta una suerte de testamento. “Dale las joyas a fulano, la ropa a mengano, los libros a tal y tal, los manuales a tal…”. Fue un golpe en el corazón que me desarmó. ¡Porque ella tenía todo previsto y yo nunca me di cuenta! Al poco tiempo, una vecina que siempre me venía a visitar, me confesó que Marta le dijo “yo sé que me voy a morir en la operación, sólo te pido que lo mires a Daniel de vez en cuando, que te asomés a ver cómo está, que lo ayudes si le pasa algo”…

Daniel mira la hora. Se tiene que ir a una reunión de consorcio del “monoblok” y yo a mi casa a desgrabar esta nota, a tratar de escribir algo que tenga el 1% de la honestidad brutal con que Marta Parodi vivió y biografió la vida de la mayor (y acaso más incomprendida) poeta de la ciudad. Lo saludo a Daniel y miro por última vez el decorado del living detenido en alguna tarde de 2006 cuando Marta llegaba a casa con algún libro, con sus manos llenas de dones. Esas manos con las que escribió el primer tratado de generosidad literaria en una ciudad de egos y miserias, ese volumen que aún sigue brillando como un maravilloso testamento, un faro de humano amor iluminando el futuro.

 

Iván Wielikosielek

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