«El adiós a Rudy, amigo del alma»

Rudy Espina (sentado a la izquierda) con sus amigos en una carrera de motos en Río Hondo
Rudy Espina (sentado a la izquierda) con sus amigos en una carrera de motos en Río Hondo
Rudy Espina (sentado a la izquierda) con sus amigos en una carrera de motos en Río Hondo

El adiós a Rudy Espina. Amigo del alma, hermano del corazón, cómo te voy a extrañar. Los que tuvimos el privilegio de compartir tus horas, días, meses, ya sentimos tu ausencia.

Tu partida ha dejado un vacío que nadie podrá ocupar ni llenar. Tu impronta jocosa, risueña, con dichos expresados en el momento oportuno, alegraban las tertulias tomando un café o negrito, en La Madrileña o en otra confitería de la Villa. Compartir almuerzos o cenas semanales se disfrutaban; lo mismo cuando pasábamos las horas o días con otros amigos, durante las competencias de autos, ya fuera en los caminos de las sierras cordobesas o autódromos.

Fue fabuloso ser tu compañero de pieza en varios viajes. El respeto por el otro nos permitió mantener conversaciones y diálogos privados, enfrentar situaciones familiares muy diferentes de uno y otro.

Siempre apareció la sugerencia apropiada, sincera, para el momento, aunque la decisión final fue personal y propia, asumiendo los riesgos cada uno.

Eras un libro abierto de anécdotas, registro de personas, datos históricos del día y la noche de Villa María.

Nos conocimos y tratamos por primera vez en el año 1966. Corría también el mes de agosto. En la esquina de Corrientes y San Martín funcionaba un establecimiento comercial llamado “Copetín al Paso” de los hermanos Gardella.

Allí se podía desayunar, comer al mediodía o a la noche. Por los negocios de mi familia vine de Río Cuarto por unos meses.

Entro a las 12.20, me siento en la barra y Pierino, con su inconfundible acento italiano, me saluda y me pregunta: “¿Va a almorzar?” y me deja la carta. En la banqueta de al lado había otra persona: allí nació nuestra amistad.

A los pocos segundos se estableció el diálogo; de carácter extrovertido ambos, pero tú eras más conversador.

Durante los ocho meses de mi permanencia transitoria en esa oportunidad compartimos todos los mediodías y cena por la noche.

De inmediato también se integró Miguel Pastor; los tres, solteros, despuntamos el inicio de la primavera de ese año con la Estudiantina de los colegios secundarios.

Ustedes tenían una barrita numerosa y a ella me acoplé. Lo pasamos de diez.

Los acontecimientos siguieron su curso. Varios años pasaron hasta que me radiqué en forma definitiva en tu ciudad natal, con mi familia; pero siempre que venía por Villa María, aunque sea por unas horas, nos reuníamos para charlar.

Nuestros primeros noviazgos y casamientos fueron paralelos; también nuestros hijos mayores: Pablo, Federico, Manuel y Javier, desde niños, jugaron juntos.

En los últimos tiempos formaste pareja con Teresita, quien entendió nuestra sincera y desinteresada amistad.

Amigo, hermano del corazón, si por alguna calle, avenida o camino lo ves a Pastor, pídele que guarde una banqueta, porque seguro que los volveré a encontrar y recordar nuestra infinita amistad.

Alberto Yáñez

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