El reposo del guerrero

Homenaje a Edith de Allende, incansable luchadora por los animales, quien se fue de este mundo en los últimos días y dejó un legado

Debemos comenzar este recordatorio cambiando el género de la persona aludida, pues debería ser “El reposo de la guerrera”. Porque eso fue Edith de Allende, una guerrera que luchó hasta el fin de su vida para mejorar la situación de los animales en Villa María. Su deceso, presuntamente en la madrugada del viernes pasado,  ha dejado un vacío que va a ser difícil de llenar en las filas -ya de por sí no muy nutridas- de los proteccionistas de Villa María. Desde el año 1985, en que se formó una nueva comisión con el objetivo de refundar la Sociedad Protectora de Animales de la ciudad, la que estaba prácticamente desaparecida, nunca dejó de militar en favor de ésta, su misión de vida.

Muchos la criticaban -como lo hacen con todos los proteccionistas- por no dedicarse a los niños o al hospital o a cualquier otro grupo de asistencia social. Son estos los intolerantes, los que no integran ellos mismos ninguno de esos grupos, pero que dictan a los demás lo que deben hacer con sus vidas. También son los que opinan que los animales son seres inferiores que pueden ser masacrados, torturados, hambreados, porque no se merecen otra cosa.

Frecuentemente, Edith se enojaba  y mucho,  pero seguía adelante con su pasión. Si el fútbol puede ser una pasión, como lo pueden ser otros deportes o el cine o la numismática, ¿por qué no pueden ser pasión los animales? Más allá de la incomprensión, de la soledad en que a veces se encontraba, de la pena como cuando se le moría alguno de sus animales o cuando eran secuestrados y llevados al CAM, de sus problemas de salud, más allá de todo eso, ella continuaba dedicándoles todos sus esfuerzos.

Edith se fue sin despedirse. Dejó siete perros y un gato que estaba echado a sus pies en la cama cuando la encontraron, compañero de su dueña hasta el final. Dejó también un legado de amor que los que quedamos, especialmente los jóvenes que deben cargar con la pena y con la gloria, no podemos soslayar.

Edith se fue. Imagino que no está sola. La acompañan todos los animalitos que ella ayudó a vivir un poco mejor. Y un coro de ladridos, de maullidos y de piar de gorriones, los gorriones de la placita de su barrio a quienes les ponía agua a pesar del mal humor de algún vecino, le cantan la bienvenida. Y ella sonríe y les ofrece alimento a manos llenas, porque es imposible pensar que ella se haya ido con las manos vacías.

Mgtr. María T. Magi

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