En busca del rostro de Dios

Negativo del rostro de Jesús en la Sí́ndone

Hasta hoy domingo se exhibe en la Catedral una copia fotográfica de la Sábana Santa de Turín, el manto en el cual habría sido envuelto Jesús al morir. La copia de tamaño natural, traída desde Italia, fue visitada por numerosos fieles que se hincaron con devoción ante la imagen, aceptada universalmente como la más probable, del verdadero rostro de Cristo

Monseñor Samuel Jofré
Monseñor Samuel Jofré

Hay un anhelo humano que trasciende todas las razas, tiempos y culturas: conocer a Dios. No se trata solamente de sintonizar desde nuestra condición mortal y finita con esa sustancia eterna e infinita; tampoco de estudiar una mera teología. Cuando los hombres hablan de “conocer a Dios” hablan, sin eufemismos, de “verlo cara a cara”. Pero si el poeta alemán Friedrich Hölderlin ya decía a fines del Siglo XVIII que “el hombre no soporta sino durante algunos instantes la experiencia de lo eterno”, ¿qué sería de nosotros al estar de pie ante la divinidad?. La respuesta a este interrogante ya está en el Antiguo Testamento, cuando ante el pedido de Moisés: “¡Déjame ver tu gloria!”, Dios le contesta “Voy a pasar delante de ti (…) pero te aclaro que no podrás ver mi rostro, porque ningún hombre podrá verme y seguir viviendo” (Exodo 33, 19-20). Sin embargo, unos quince siglos después de aquel diálogo, el Creador se apiadará de sus criaturas dándole la posibilidad de ver la imagen más cercana de sí en el rostro de su Hijo Jesucristo. Y de hecho, será el apóstol Felipe quien encarnará nuevamente el pedido de Moisés y le dirá a Jesús: “Señor, déjanos ver al Padre, y con eso nos basta”. A lo que Jesús le responde: “Felipe, hace tanto tiempo que estoy con ustedes ¿y todavía no me conocés?” (Juan, 15, 8-9). Si bien Jesús no hace ninguna referencia a su rostro en su respuesta (y de hecho en los Evangelios no hay una sola descripción física de su persona) la pregunta que muchos cristianos se han hecho a lo largo del tiempo es ¿cómo era el verdadero rostro de Cristo? De todas las posibles explicaciones, acaso la más convincente (y no por eso la menos misteriosa) sea que “su imagen verdadera” se quedó impresa en la mortaja con que fue envuelto, y que esa mortaja llegó hasta nuestros días en la Sábana Santa de Turín (la “Síndone”) esa cuya copia se exhibe hasta hoy en la Catedral; acaso para que se cumpla lo anunciado por Jesús en el Evangelio de Juan (9, 39): “Yo he venido a este mundo (…) para que los que no ven vean y los que ven se vuelvan ciegos”.

 
Conversaciones en la Catedral

El padre Samuel Jofré, obispo de la Diócesis de Villa María, me hace pasar a su despacho. Estamos por hablar sobre uno de los misterios más fascinantes del cristianismo y de la humanidad toda. Y entonces, sin más preámbulos, le hago la primera pregunta.

-¿Por qué genera tanto interés el rostro de Jesús, siendo que los Evangelios han omitido toda descripción de su persona?

-Porque es un anhelo que vino con el hombre al mundo. Una de las maneras que tienen los teólogos de definir el cielo es como “visión beatífica”; esto quiere decir “ver a Dios cara a cara”. De ahí el interés por el rostro de Jesús. El anhelo de conocer a Dios es el más profundo de todos y la vista es uno de los medios más importantes que tenemos para conocer.

-Sin embargo, muchas veces la mirada física no basta ante algunos misterios…

-Es que hay cosas como el amor o la fe que no se pueden percibir con la vista. Para entender la fe, por ejemplo, es necesario ver con la razón y la inteligencia. Pero sucede que no podemos prescindir de la mirada del mundo físico para entender el mundo espiritual. Por eso el interés por el rostro de Dios. Pero a su vez, Dios es infinito e inmensísimo y no tenemos capacidad de comprenderlo. Por eso El prohíbe al pueblo de Israel hacerse imágenes.

-¿Se refiere a la idolatría?

-Sí, porque en su necesidad de ver y tocar, los humanos fabricaron ídolos con sus propias manos y los empezaron a adorar como si fueran Dios mismo. Pero eso era una mentira y en el fondo se adoraban ellos mismos. Y ese es el peor pecado: la soberbia.

-Sin embargo, mil quinientos años después de Moisés, Dios envía a su Hijo y le da una posibilidad a la raza humana de ver su propio rostro…

-Eso sucede cuando el pueblo de Israel ya está maduro y sabe que Dios es inabarcable. Entonces Dios mismo se hace una imagen humana para que lo podamos ver. Y esa imagen es Jesús hecho por el Espíritu Santo en el molde de María Santísima. Pero Dios sigue siendo Dios y no es bueno que nos concentremos excesivamente en una imagen física que no agota el misterio.

-¿Fue importante el encuentro cercano de quienes lo trataron a Jesús?

-Los cristianos imaginamos todo el tiempo la posibilidad de ver y tocar a Jesús y de hecho hubo quienes al hacerlo se volvieron sus discípulos. Pero también hubo otros, la mayoría, que no lo reconocieron, que lo despreciaron y hasta lo mataron. Entonces a Dios no se llega por contacto físico, sino por la fe de quien «ve y toca» a Jesús.

 

De Jerusalén a Turín y de Turín a la Villa

-Pasando a la sábana, aún no se ha probado su autenticidad; e incluso las pruebas de carbono 14 datarían el origen de la tela en la Edad Media…

-Hay más datos que prueban su autenticidad que los que la niegan. El dato más importante que refutaría la autenticidad de la sábana es el que vos citás del carbono 14, que dice que la sábana se confeccionó aproximadamente en el año 1300. El manto sufrió un incendio en un monasterio de Chambéry en el año 1532 y ese hecho podría haber modificado el material a examinar. Además, los tres laboratorios que hicieron el estudio, cuando analizaron la sábana, no respetaron el protocolo acordado con el Vaticano para la muestra del carbono 14.

-¿Y cuáles serían los datos “a favor” de su autenticidad?

-Primero que nada el origen. ¿Es creíble que la Virgen y los Apóstoles hayan tirado a la basura la mortaja de Jesús? ¡Claro que no! ¿Es lógico que la hayan guardado? ¡Claro que sí! El segundo dato es la tela. Todo lo que leí dice que habría venido del tiempo de Jesús y de Tierra Santa por la textura, el tipo de tejido y el polen de plantas que hay en Palestina. Pero quizás el dato más revelador sea la iconografía.

-¿Se refiere a la figura humana que está representada?

-Efectivamente, porque en la Edad Media no había conocimientos de anatomía ni técnicas de dibujo que posibilitaran realizar la perfección de esa figura, menos aún en negativo. Tampoco se conoce todavía el método en que la imagen fue pintada o impresa. Por si esto fuera poco, están las coincidencias con la descripción del Evangelio: los rastros de la coronación, la flagelación y la lanza. Todo coincide absolutamente. Es el mismo misterio del sepulcro vacío.

-¿Por qué dice “el mismo misterio”?

-Porque cuando Jesús resucita, el sepulcro vacío pasa a ser un signo de su resurrección, no una “prueba científica”. Jesús no vuelve a la vida de este mundo, sino que pasa a la vida definitiva y para eso no hay pruebas. Pero a la vez, El sigue teniendo un cuerpo físico. A tal punto que se le aparece a los apóstoles con las llagas y les dice “tóquenme y denme de comer”; no porque necesite comer, sino para mostrarnos que su vínculo físico con la humanidad sigue estando en pie. Esta sábana es también un signo y no es casual que se nos presente un Jesús crucificado. Tenemos que conocerlo primero en la cruz para luego acceder a su gloria, y eso repugna a la vanidad humana.

-Entonces, padre Samuel ¿hay un rostro verdadero de Cristo?

-Hay y no hay. Esta imagen del Sudario es muy útil porque no es una foto, pero es un signo del paso de Jesús por la Tierra. Si Cristo nos hubiese dejado una imagen fotográfica, nosotros pretenderíamos agotar el misterio y diríamos “¡Este es Jesús!”. Pero no fue así. Conviene que Jesús no sea una particularidad fotográfica, sino una universalidad espiritual.

-¿Eso explicaría la diversidad de su iconografía?

-Si vos te fijás, hay una iconografía interracial que lo representa. Las diferentes culturas lo han concebido con rasgos semitas o arios, orientales u occidentales, africanos o indígenas. Y no sólo a Jesús, sino también a la Virgen. Y eso responde al plan ecuménico de Dios. Si bien Jesús fue un hombre particular, su humanidad se unió a la raza humana de todos los tiempos.

-Hay quienes al ver a los fieles rezar, acusan a la Iglesia de “adorar falsas imágenes”…

-Algunas corrientes protestantes nos acusan de “idolatría” por venerar las figuras de Cristo o la Virgen, es cierto. Pero esa acusación es por no entender que, a partir de que Dios se hizo una imagen suya, es lícito que nosotros la hagamos también; siempre que esté salvada la trascendencia de Dios. Esto quiere decir, saber que una imagen de yeso no es un dios como se lo concebía en la antigua idolatría.

-¿Cuál es la diferencia entre la devoción ante un Cristo de piedra y la idolatría?

-En los Evangelios hay una escena que lo explica muy bien: una mujer que tiene hemorragias y no se atreve a ponerse frente a Jesús, se dice: “Con sólo tocar su manto quedaré curada”. Y eso es lo que hace; toca su manto y se cura. La pregunta es ¿la curó el manto? ¡No! ¡El poder estaba en Jesús recibido por la fe de la mujer! El manto obró como instrumento de la gracia divina. De ahí nos viene la costumbre de tocar un objeto sagrado para «tomar gracia». Y eso es muy distinto de la corrupción del ídolo, que diviniza a la creatura.

-Entonces ¿ver para creer o creer para que ya no importe ver?

-La fe la tiene sólo quien acepta que no ve todo. Pero aquel que pretende apoyarse en sus solas fuerzas cognoscitivas y en lo que le transmiten sus cinco sentidos, queda en la ceguera. Sólo quien reconoce que no lo sabe todo es quien se abre a la fe, que es un modo superior y sobrenatural de conocimiento. Si yo me cierro en lo que veo, me estoy escapando del conocimiento más profundo, el interior del que se me abre revelándose.

-La última pregunta, padre Samuel. Si el Santo Sudario es verdadero y aún no se conoce la técnica de impresión ¿cómo se explica usted esa imagen?

-No tengo una explicación. La que a mí más me convence es del orden de la fe. Me imagino que esa figura se imprimió como la huella que dejó el instante único de la resurrección de Cristo, su paso a la gloria. Una forma de energía que nunca había existido en la tierra y que nosotros no podemos asir, sino que reconocemos en las huellas que la infinita gracia de Dios deja en la humanidad.

 

Iván Wielikosielek

Acerca del manto más importante del mundo
El Santo Sudario o “Síndone” (del italiano “sábana”) es un lienzo rectangular de 437×111 centímetros que se encuentra en la capilla de la Catedral de Turín (Italia). En él puede verse el anverso y reverso de un hombre que sufrió los estigmas de la crucifixión tal como se describe en los Evangelios.

Al decir de monseñor Jofré, “esta réplica fotográfica en tamaño natural llegó a la Catedral por iniciativa de Matías Bossa, el agente consular italiano en Villa María. Es la primera vez que una copia así viene al país. Estuvo expuesta en la Catedral de Buenos Aires, en la de Avellaneda y en Rosario. Esta difusión hace que la réplica sea muy pedida en distintos puntos del país”.

Cuando termino de escribir esta nota, leo los versículos más tristes del Evangelio de Mateo, aquellos que relatan la pasión, muerte y sepulcro de Nuestro Señor.

“Llegada la tarde, vino un hombre rico de Arimatea, de nombre José, discípulo de Jesús. Se presentó a Pilato y le pidió el cuerpo de Jesús. Pilato entonces ordenó que le fuese entregado. El, tomando el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia y lo depositó en su propio sepulcro…” (Mateo 27; 57-60).

La idea de que esa “sábana limpia” pueda verse hoy mismo en la Catedral, no deja de ser un signo fabuloso aunque también (me digo) acaso sea una “prueba prescindible”, como todas las que no alcanzan para conocer a Dios y su infinito misterio.

 

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