Fraire pasó por el Favio

p10-f2-fraireEl director y dramaturgo bonaerense Guillermo Farisco (como lo probara en “Isidro vs. Isidro” el año pasado en el Rectorado de la UNVM), se adentra y arriesga dentro del pantanoso terreno de la comedia ácida con visos dramáticos, cuyo formato exige que las costuras deben ser tan puntillosamente delineadas para que ambos registros encastren a la perfección, sin fisuras a la vista.

“Pobre mi alma” se antoja al principio como un set de humor costumbrista donde se exacerba una tóxica historia entre madre artista plástica, neurótica, poco afectiva y de cierta alcurnia e hijo grandulón y empleado de ferretería que todavía mora en la casa familiar.

A medida que pasan los minutos, el espectador observa el microclima pestilente que se gesta entre ambos y hasta se ve incomodado -por momentos, desconcertado- por la agresividad verbal manifiesta. Presume un huracán en ciernes, pero no advierte el giro narrativo y crucial hasta que ya se encuentra adentro. En tanto, dos personajes “fuera de campo” (es decir que son nombrados pero nunca aparecen en escena) juegan roles esenciales en la obra: Popi, un anciano padre de familia y rutilante artista venido a menos; y Alma, una supuesta empleada doméstica que “compite” por el status de madre.

En el plano actoral, se aprecia una química más que especial entre Marcela Fernández Señor y el joven villamariense Andrés Fraire (quien logra enfatizar sus dotes tanto para la comedia como para el drama), como si hubiesen montado la pieza desde hace décadas. La astucia del autor radica en dosificar, con la precisión de un cirujano, derivas cómicas en aquellos pasajes donde la estocada dolorosa o la angustia rasposa están por estallar.

J.R.S.

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