Hermanas de las veinte décadas

La iglesia de la vecina localidad tiene una “hermana” en Los Reartes: la Capilla de la Inmaculada Concepción. Ambas son precursoras y saben de malones, ejércitos y cautivos

La Iglesia San Juan Bautista de Ballesteros Sud
La Iglesia San Juan Bautista de Ballesteros Sud
La Capilla de la Inmaculada Concepción de Los Reartes
La Capilla de la Inmaculada Concepción de Los Reartes

La Iglesia San Juan Bautista de Ballesteros Sud y la Capilla de la Inmaculada Concepción de Los Reartes guardan maravillosas correspondencias entre sí. Ambas fueron pioneras de su región en la Pampa Gringa y el Valle de Calamuchita, respectivamente; comparten la fecha de su fundación a principios del siglo XIX y también el estilo arquitectónico neocolonial (más ecléctico en la localidad vecina). Enclavadas en la margen de un río en plena tierra gaucha, las dos saben de malones, ejércitos y cautivos.

Ambas fueron construida con ladrillo y adobe a principios de 1800, con techos de tirantes cortados a golpe de hacha y el frente blanqueado a la cal. Ambas tienen una nave estrecha con altar despojado y dos filas de bancos angostos, como si la misa se celebrara en un salón donde nadie baila o en el interior de un granero abandonado. Ambas fueron pensadas para la escasa feligresía de pueblos pequeños en tiempos en que nacía un país y el cristianismo aún no era “religión oficial”. Y, por cierto, las dos oficiaron durante casi un siglo de “bastión civilizado” contra los malones de los ranqueles, los pampas y los comechingones; ejércitos desbocados que atentaban contra “la idea de comunidad” del hombre blanco. Por eso es que, aunque hayan estado separadas por 300 kilómetros de pampa y montaña, tanto la Capilla de la Inmaculada Concepción de Los Reartes como la Iglesia San Juan Bautista de Ballesteros Sud son iglesias hermanas, dos señoras de veinte décadas que, en pleno siglo XXI, se han vuelto orgullo histórico y artístico de sus comunidades.

 

La parroquia donde misionó Fray Mamerto Esquiú

Aunque se desconoce oficialmente el año de su inauguración, los habitantes de Ballesteros Sud lo hacen coincidir con el de la fundación del pueblo en 1828. Sin embargo, la jueza de paz e historiadora de la localidad María Eugenia Bópolo, comenta que “años antes de la fundación ya funcionaba una iglesia en el pueblo, aunque en una casa de familia y con sillas de madera. Suponemos que la fundación del templo fue cercana a la de Ballesteros Sud. Se dice que la actual iglesia era un granero al que adaptaron y le pusieron el altar nuevo (el actual) en 1867, justo un año después que el tren pasó por Ballesteros”.

Aunque marcada por la impronta neocolonial en su idea de partido (gruesas paredes de ladrillo encaladas, techo de un agua con tirantes y ornamentación escasa), Bópolo sostiene que “el estilo final es ecléctico, ya que la iglesia sufrió muchas reformas y anexos que han hecho que su arquitectura no sea pura.

Por ejemplo, se le agregó un ala que llamábamos de varones, se modificó su altar y se revocó el techo. Muchas de esas reformas fueron hechas alrededor de 1950”. Sin embargo, la iglesia guarda verdaderas joyas antiguas como una puerta interior tallada a golpe de hacha por los indios (según se dice en el pueblo) y la imagen de San Juan Bautista detrás del altar, que al decir de la jueza “fue traída de España y tiene 200 o tal vez 300 años. Nunca se ha podido calcular exactamente”.

En cuanto a la historia del templo hay que decir sobre todo hoy, en épocas de canonización de curas criollos, que allí ofició misa el obispo Fray Mamerto Esquiú, quien según indica una placa en un muro externo “misionó toda esta región entre julio y agosto de 1882”. El otro dato histórico es que, según la leyenda, bajo el revoque de argamasa y las capas de cal, aún pueden verse las marcas de flechas aborígenes en los muros de cuarenta centímetros. Algunas habrán pertenecido, seguramente, al malón que hace más de cien años secuestró de niño a don Celso Caballero, quien en una fabulosa odisea volvió a casa cuarenta años después con el bagaje de dos culturas. A tal punto que una tarde, sus dos hijos aborígenes lo vinieron a buscar. Pero el hombre eligió quedarse en su pueblo antes de volver al nomadismo ranquel.

Las crónicas del pueblo agregan, además, que la iglesia contaba con cálices y copones de oro que fueron robados en 1880; junto a la imagen del santo. Pero (y a esto lo refiere Bópolo) “una señora de apellido Españón organizó una pueblada y varias de las reliquias fueron devueltas a caballo”.

Para terminar, hay que decir que la fiesta de Ballesteros Sud coincide con la de su santo y se celebra cada 24 de junio. Esa noche, a la lumbre de las hogueras, la cal del templo resplandece con un fulgor rojizo de siglos pasados; como cuando Fray Mamerto Esquiú misionaba y la Iglesia San Juan Bautista se volvía un pequeño faro blanco en la noche, un pequeño punto alrededor del cual giraba la civilización en lejanas noches salvajes.

 

La nueva capilla de Josefa Iriarte

En la iglesia de los Reartes hay dos capillas en una. La primera, también llamada “capilla vieja”, fue construida en 1758 y los habitantes del pueblo se empeñan en afirmarlo: “No era una capilla jesuita”. Por el contrario, perteneció desde 1762 al Curato de San Agustín. Lo que también afirma la historia del templo narrada en sus paredes, es que “algunos jesuitas ayudaron a celebrar misa”, antes de su temprana expulsión de tierras americanas. Pero, como a los pocos años de su construcción, el oratorio estuvo a punto de derrumbarse, ya no se pudo seguir con la liturgia hasta 1815, cuando el fiscal eclesiástico (basándose en la solicitud de don Manuel Garay) apoyó la reedificación del templo en el antiguo predio.

La nueva capilla fue fundada, según los documentos, por Don José López y doña Josefa Iriarte (de cuyo apellido proviene el nombre deformado de “Reartes”) en 1819, tras cuatro años de ardua construcción. Hoy, de las ruinas de la “capilla vieja” sólo queda un pilar y parte de los muros bajos, aunque en 1937 monseñor Laffitte la reinauguró refaccionada. Entre otros arreglos, el obispo hizo cambiar por completo el cielorraso de madera, original de 1874, junto con el revoque y el nuevo encalado.

De cara al río y de espaldas al microcentro del pueblo, la Capilla de la Inmaculada Concepción es la más antigua del Valle de Calamuchita y hoy es visita obligada para quienes desembarcan en uno de los pueblos con más historia de la provincia.

Al igual que su hermana de la pampa gringa, la capilla cuenta con doble campanario, un atrio enrejado y una fabulosa entrada en arco de medio punto. Pero sobre todas las cosas mantiene como la de San Juan Bautista, un aura de templo despojado como las tierras que lo rodeaban; con pocas ornamentaciones y anchos muros de ladrillos más pensados para una fortaleza que para una misa. Porque en el fondo, aquellas construcciones eran un refugio; una casa fundada en la piedra contra las inclemencias del tiempo y del río, del malón y la falta de fe de los hombres.

Y al caer la tarde, al contraluz de las luces del centro, el frente de la capilla brilla con la misma luz que su hermana ballesterense; estrella doble de la cristiandad antigua en el oscuro mapa de un país del pasado.

Iván Wielikosielek

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