La excitante experiencia del pensar

La banda completa, junto a la destacada cantante Lucrecia Pinto y el filósofo, conductor de “Mentira la verdad”

El domingo por la noche se desarrolló una aclamada puesta que logró combinar la filosofía con el rock nacional junto al teatro y el stand up

La banda completa, junto a la destacada cantante Lucrecia Pinto y el filósofo, conductor de “Mentira la verdad”
La banda completa, junto a la destacada cantante Lucrecia Pinto y el filósofo, conductor de “Mentira la verdad”

“¿Cuándo fue la última vez que te detuviste y dejaste que todo a tu alrededor flotara? Como quien se anima a desconectar las cosas, a quitarles su carácter de utilidad, a sacarlas de la lógica del cálculo”.

El filósofo Darío Sztajnszrajber lanzó el interrogante en pleno desarrollo de su exquisito poema “La última vez”, eje vertebrador del ajustadísimo e innovador proyecto “Desencajados”. Debajo del escenario, cerca de 700 personas colmaban el Teatro Verdi para gozar -en el sentido más abarcativo de la palabra- una puesta que mixturaba el abordaje filosófico de temas trascendentales de nuestra vida con páginas selectas del rock nacional, realzadas por la poderosa voz de Lucrecia Pinto y una banda en vivo a la altura de las circunstancias.

Vale la acotación: en una era supuestamente dominada por la inmediatez y la pauperización de los discursos, una performance de honda reflexión agota entradas -aún siendo gratuitas- muchos días antes.

Las lecturas posteriores que pueden surgir de la propuesta son, como era de esperar, múltiples: una clara intención de divulgación accesible y terrenal de la filosofía (con chistes sobre fútbol, por ejemplo), una concepción vanguardista, integral y multidisciplinaria del objeto de estudio (teatro, stand up, música, coreografía), una interpelación explícita a la relación con el Otro (desde la “contaminación” necesaria con el diferente hasta la inevitable vivencia en las paradojas de los vínculos amorosos), una lúcida y cómica desacralización del mundo “filo” (“los filósofos tenemos siempre a mano dos yeites para hablar de lo que sea, o vamos hacia la etimología o nos referimos a los mitos”) y una sólida arenga de rasgo político a la emancipación de la voz de los vencidos a partir de la demolición del lenguaje.

Mientras tanto, el propósito subyacente era aquel que pregonaba en su poesía ya mencionada: desestructurar el tiempo (su preocupación primaria desde niño y la cual lo llevara hacia la ciencia del conocimiento), desembarazarlo de la lógica mercantilista y productivista que impera en nuestra cotidianeidad.

 

Sustancia viviente

En ese vaivén preñado de interrogantes, Sztajnszrajber abrevó en célebres textos de autores como Walter Benjamin, Jean Luc-Nancy (famoso por “El intruso”, donde cuenta cómo recibió la donación de corazón a modo de alegoría sobre “el extraño o el extranjero”), Bertolt Brecht y Nietzsche, de quien relativizara su aparente ateísmo: “En realidad, lo que planteó fue que ha muerto el Dios de la tradición, el dueño de la única Verdad y que necesitamos un Dios para nuestra contemporaneidad”.

En la paleta sonora, se recrearon versiones de Spinetta, Sui Generis, Soda Stereo, Fito Páez, Jorge Fandermole y Fernando Cabrera, entre otros.

La puesta, a su vez, contó con una perlita: tras relatar el famoso cuento budista “Y llovieron flores”, acerca del significado del vacío, Darío propició un silencio prolongado que inundó a toda la sala.

Otra vez: hablar de filosofía, “desencajarla” de la academia, hacerla sustancia viviente un domingo por la noche y auspiciar la Nada en plena hegemonía de la palabra resultó un acto revolucionario.

Juan Ramón Seia

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