Sentencia sobre esos infiernos de la dictadura cívico-militar

CHRINO dibujoCOLOREste jueves 25 de agosto, en la ciudad de Córdoba, sucedió algo que sin dudas quedará marcado en la historia de nuestro país, el Tribunal Oral Federal I dictó sentencia en el juicio por los crímenes de lesa humanidad cometidos en los centros clandestinos de detención La Perla, La Ribera y el Departamento de Informaciones de la Policía de Córdoba.

La voz del juez pronunció condenas y absoluciones de los 43 imputados. En 28 casos fueron condenados a prisión perpetua, 10 a penas entre 2 y 21 años, en tanto que cinco fueron absueltos. Si bien se juzgaron delitos que comenzaron a perpetrarse en el año 1975, es decir antes del golpe del 24 de Marzo del 76, el acto tiene un sustancial significado para nuestro futuro como sociedad.

 

Palabras

Al final de «Las ciudades invisibles», Italo Calvino escribió: «El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio».

Cuando asistí a las audiencias de este juicio, que duró tres años y ocho meses, y al escuchar los testimonios de quienes fueron prisioneros en los centros clandestinos de detención sentí que era como asomarse, un poco, al infierno al cual habían sido sometidos. Con carceleros que, de manera constante, trataban de deshumanizarlos sometiéndolos a los peores tormentos. Pero, siempre, en los testimonios terminaba saliendo a luz aquello que escapaba a las lógicas de ese infierno. A veces era un compañero de cautiverio, un objeto, un ritual, un recuerdo o una idea, algo a lo que podían aferrarse «y hacerlo durar, y darle espacio» y de esa manera confirmar que no todo era el infierno que construían quienes ahora están condenados por la Justicia. Con esfuerzo y valentía supieron hacer que no muriera la palabra que los conectaba con el compañero de cautiverio, o con quien estaba afuera. Escribieron palabras en distintos soportes, incluso en los muros, que aún podemos leer, pues quedaron fijadas en esos centros que fueron parte del plan sistemático de eliminación de opositores. El amor y la vida mantuvieron la posibilidad de poder nombrar el mundo. El horror que generaron los carceleros no pudo inmovilizar todo, y los cautivos encontraron maneras de continuar nombrando los sueños.

Ahora, en el juicio, la palabra de los prisioneros, los que sobrevivieron y los que no, adquirió mayor sonoridad y claridad. Los asesinos volvieron a ser nombrados como lo que son y el sonido de esa palabra quedó para toda la historia. Con aplomo el juez dijo la verdad de la Justicia. Fuera de los Tribunales los militantes gritaron verdades históricas: los crueles asesinos son eso y no otra cosa; como pueblo tenemos derecho a soñar sin pudor alguno ante cualquier poderoso y trabajar en la construcción de nuestras utopías.

Más allá de algunas bravuconadas, del lado de los terroristas condenados quedó el silencio. A quienes ejercieron la violencia indiscriminada desde el Estado, acostumbrados a decidir por los otros, se les murieron sus palabras de mando. Con las reglas claras de la Justicia, fueron expuestos en toda su cobardía. Ya no tienen manera de nombrar épicamente el robo de bebés, la tortura, los abusos sexuales, la muerte, la desaparición forzada de personas y una larga lista de acciones malolientes que degradan la condición humana.

 

Infiernos creados por un proyecto político

Alguna vez el militar que recibió más condenas perpetuas por delitos de lesa humanidad, Luciano Benjamín Menéndez dijo que él era el único responsable por todo lo que habían realizado sus subordinados. La Justicia le ha mostrado que esas palabras sólo han sido un delirio de quien cree mantener parte de aquel poder que ejerció con tanta crueldad, porque las responsabilidades penales las fija el sistema judicial argentino.

Una vez más quedó claro que construyeron esos infiernos, pero que no hubo ni hay uno ni dos demonios, pues estos asesinos fueron respetados en sus derechos. Tuvieron la posibilidad de defenderse y, para la Justicia, fueron inocentes hasta el día en que se dictó el fallo. No se usaron palabras para deshumanizarlos, por el contrario, una vez más se les han respetados sus derechos como corresponde. Así como antes no existió ninguna «guerra sucia» ahora no se buscó venganza alguna, sólo justicia. Se distinguió lo que era parte de esos avernos y cuáles cosas siempre escapan a las lógicas de quienes sembraron tanto miedo. No ha sido fácil el proceso, en las audiencias los sobrevivientes debieron intentar nombrar los horrores que sufrieron; tampoco fue sencillo para los familiares de las víctimas que no están. Cada audiencia fue asomarse a esos infiernos para confirmar que no hubo demonios ni guerra sucia alguna. Ahora esta sentencia volvió a confirmarlo. Los delincuentes quedaron desnudos y sin sus discursos altisonantes desde los cuales pretendían defender un proyecto político que ideó esos infiernos. Del otro lado danzó la palabra que, hasta desde los carteles con los rostros de los ausentes, gritó justicia.

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