Visión villamariense del “Café de noche”

Tradicional cantina de calle San Luis, registrada por el autor
Tradicional cantina de calle San Luis, registrada por el autor
Tradicional cantina de calle San Luis, registrada por el autor

Escribe Iván Wielikosielek
Especial para EL DIARIO

Para Lovecraft no había en el mundo “cosa más digna de compasión” que la “incapacidad de la mente humana para relacionar su contenido”.

Según el escritor, “vivimos en un apacible lote de ignorancia en medio de tenebrosos mares de infinitud y no estamos diseñados para viajar lejos”. Y es precisamente esa “incapacidad de la mente humana” la que, para Lovecraft, nos salva de la locura.

Pero también (me digo yo) de la sabiduría y de la santidad. E incluso nos impide tomar conciencia de fabulosos impactos estéticos que nos atraviesan a lo largo de la existencia. Fue exactamente lo que me pasó antenoche mientras caminaba por calle San Luis. De pronto vi al otro lado de la calle una postal fascinante. En un bar con mesas en la vereda, tres parroquianos tomaban el aperitivo bajo un toldo metálico en la penumbra de los tubos fluorescentes.

Cuadro de Van Gogh, describiendo el exterior de un típico bar
Cuadro de Van Gogh, describiendo el exterior de un típico bar

Sentí que aquella simple imagen era muy cara a mi sensibilidad y que, de algún modo, me pertenecía. Me pregunté si esa identificación se debía a que yo era de un pueblo y había visto miles de veces postales similares o si tenía que ver con el hecho (nada menor) de haber pasado frente a ese bar durante toda la secundaria. Sin embargo, sentí que había “algo más” que una mera asociación con el pasado. Fue el vacío de esa súbita ignorancia la que me hizo sacar mi cámara de periodista y tomar una fotografía fugaz de aquella comitiva.

En esos momentos, uno de los hombres me saludó con la mano y me gritó algo que no pude comprender a la distancia. Yo le contesté levantando el brazo y seguí mi camino por calle San Luis, en cuyo fondo se encajonaban panales de estrellas.

Fue al otro día cuando vi la foto. Y entonces me dije con un sobresalto: “¡El Café de noche! ¡La escena que fotografié ayer es la misma que El Café de noche, de Van Gogh!”.

Busqué entre mis libros aquella fabulosa pintura (que hoy se puede ver en casi todos los consultorios del mundo) y la vi: la terraza empedrada con mesas de latón, los hombres solos tomando un vermut bajo un toldo amarillo iluminado a gas, y al fondo, contra un cielo de tinta ultramarina, las estrellas.

Sentí que buena parte del “impacto estético” de la noche anterior se debía a esta repentina “iluminación”, a esa fabulosa coincidencia entre los elementos de la foto y la pintura. Incluso leí lo que el pintor le escribió a su hermano, a propósito de ese cuadro: “Hoy probablemente intentaré el interior del café donde tengo una habitación, por la tarde, bajo las luces de gas. Aquí le llaman “un café de noche” (son más bien numerosos) y están abiertos toda la noche. Los vagabundos nocturnos pueden encontrar refugio…”.

Sí, todo esto coincidía: el bar abierto toda la noche, los tubos fluorescentes como faroles de gas, los “vagabundos nocturnos”. Pero a la vez había algo que yo no alcanzaba a comprender, elementos infinitamente más sutiles que mi “limitada mente humana” no relacionaría jamás.

¿Cuáles eran? De momento me lo sigo preguntando. Lo que pensé, o mejor dicho lo que volví a confirmar, es que en muchas “escenas” de la vida real hay algo inasible, casi inmaterial, que, no obstante, la paleta de un pintor puede captar.

Y “eso” que pintó Van Gogh en la ciudad de Arles en 1888 es “lo mismo” que captó mi cámara junto a mi enfebrecida percepción 128 años después en Villa María y (seguramente) lo mismo que estará captando mucha gente en todo el mundo a través de un dibujo, una canción o un pensamiento.

Por eso es que no sé si llamarle “una escena” a eso que vi antenoche. Acaso en el fondo sea un rito, una costumbre ancestral, un evento que compromete no sólo unas pocas mesas en penumbras, sino una raza, un modo de estar en la tierra, el Universo.

Hoy, tras escribir este pequeño texto, volví a pasar frente al bar. Y a pesar de haber corroborado los mismos elementos mobiliarios y casi la misma población humana, no volví a sentir el impacto estético de aquella noche. La luz era la misma, los tubos fluorescentes chorreando esa penumbra lunar sobre los vasos de vino blanco y los sifones eran como los faroles del gas. Pero algo se había evaporado para siempre.

Dos noches atrás me sentí afortunado por percibir (por única vez en la vida) algo parecido a lo que imaginó o sintió Van Gogh al pintar aquel cuadro. A partir de hoy, me sentiré infeliz por no haberlo sabido recuperar; como alguien que supo lo que es el amor y no lo vuelve a encontrar en ninguna mujer. Quizás esta nueva ontología mía sea también un rito ancestral que involucre en mayor o menor medida a todos los hombres.

Mientras me digo todo esto, me hundo en la perspectiva de calle San Luis una vez más. Y al fondo de la calle vuelven a brillar las mismas estrellas. Aunque esta vez, levemente corridas respecto a esa noche irrecuperable.

 

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